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sábado, 19 de enero de 2013

Epifanía en el Athos

 

Homilía, Epifanía del Señor

La Iglesia está en crisis. A Dios gracias —no sin largas circunlocuciones— hoy la sentencia es doctrina común. Confirmado, es oficial: no es primavera, es invierno, hay crisis.

Bien. Es la mitad del partido ganado: dejar los eufemismos, las idílicas borracheras de entusiasmo infundado sosteniendo “el Relato”, defendiendo “el modelo” que ya demostró sobradamente su fracaso. Rotundo fracaso.

Madre está enferma. Y ya hace varias lunas. Entramos así en una nueva etapa procesal mucho menos confusa que la del dictamen patológico, pero de todos modos, oscura y confusa. La pregunta del millón ya no es ¿estamos bien o estamos mal?, pues el mal está a la vista; la pregunta ha virado a un perplejo ¿y cuál es la enfermedad?

La sintomatología es tan brutalmente variada que es lógico que se tejan incontables hipótesis clínicas. La cosa no es sencilla: no es tan simple como diferenciar fiebre de foco infeccioso. Pues muchas de las manifestaciones del mal que aqueja tiene una entidad causal y no meramente manifestativa: además de la fiebre, de las más variopintas equimosis, los sarpullidos, inflamaciones y demás expresiones externas, lo cierto es que son muchos los órganos en disfunción. ¿Qué padece Doctor? ¿Muchos males, un solo mal, qué es?

La realidad eclesial está a la vista. Sólo algún trasnochado setentista se empecina en negarlo y creerle al fantaseoso Indec. Pero por lo general, la media del creyente sensato ya no reniega de la realidad: iglesias vacías, conventos vacíos, congregaciones enteras en extinción, seminarios cerrados… ¿Será una crisis moral? Pues es evidente que parte de la disfunción orgánica tiene que ver con una lightización de las exigencias evangélicas: todo ha pasado a ser menos drástico y definido y toda duda de conducta naufraga en el nauseabundo caldo del masomenismo relativista. Como un Estado que procurara la reactivación de su economía con planes y subsidios, se bajó el dintel de exigencia moral… pero con eso no se compra a nadie, o mejor dicho: los que engañados compraron, al rato se aburrieron y huyeron.

¿Será que la crisis es moral pero no ya en razón de lo que se enseña que esté bien o esté mal, sino más rasamente por lo que se hace impunemente? Pues está a la vista lo mal que nos portamos los supuestos “referentes” de la Fe católica…

¿O será más bien una crisis doctrinal? Porque está claro que no es un cura o dos, sino cleros enteros —y no pocos obispos incluso— los que han puesto en entredicho verdades sempiternas de nuestra Fe. Y que lo del infierno vayasabersiestanasí, y que los evangelios vayasaberquiénlosescribió, y que el fin del mundo es un disparate maya… Cada cual toma y deja a su arbitrio, como un comprador de supermercado va cargando en su changuito algunas ofertas de góndola y dejando otras… Como una Multinacional nos ha quedado una suerte de Multireligión donde no se trata de un sano “pluralismo”, un sinfónico y armónico coro de diversas voces matizando una única verdad. In dubium libertas, gritan, no sin avisar que lo que está en duda, ante todo, es saber qué es susceptible de ser dudado…

No: ya no es siquiera como en un partido político normal que admite sectores, inflexiones diferentes, líneas alternativas, como las tiene toda doctrina. Más bien nos parecemos al peronismo, donde cabe un poco de todo y a gusto de cada cual. No hay protocolo de franquicia: cualquier cura abre su puesto de ventas, cuelga el cartel de “católico” y cocina las minutas a su modo.

—¿Por qué no voy a poder —vociferaba un vehemente comerciante de Tupungato— poner el cartel de McDonalds en la puerta y hacer las hamburguesas como me parece a mí, sin ridículas semillas de sésamo?

—Podés hacerlas y venderlas como te parezca —intenté persuadirlo—, lo inviable es el cartel, nada más. ¿Por qué querés el cartel?

Pero el comerciante, ni lerdo ni perezoso, apuró su retruco: —¿Y quién define qué es hamburguesa McDonlads y qué no? ¿Quién define si la semilla de sésamo es esencial o accidental?

—McDonlads mismo —simplifiqué yo.

—McDonalds somos todos —sentenció dando por terminado el diálogo, y yo este prosaico ejemplo.

Cualquiera se siente en el derecho de ser católico sin creer del todo en lo que sostiene el Credo católico y con derecho hasta de ser líder, jefe, referente de un catolicismo hecho a su medida y antojo.

¿Será que la crisis es litúrgica? Aquí hay una pista importante, recientemente descubierta. Pues se solía insistir en que, más allá de los evidentes y elocuentes desmanes y disparates litúrgicos, todo esto sí debería admitir el nombre de “síntoma externo”, pues el culto público es como la epidermis del cuerpo eclesial… La Iglesia empezó a patinar en su forma de celebrar, PORQUE estaba enferma, se decía. Pero este análisis admite un giro copernicano: si la lex credendi brota de la lex orandi, hay que atreverse a sospechar al menos que pueda estar enferma PORQUE celebra mal.

Pues bien, en medio de todas estas voces, mientras la Madre moribunda sigue entubada en terapia intensiva, el Jefe del Hospital corta en seco el interminable debate de la junta médica, se pone de pie y sentencia con voz firme: la crisis es de Fe.

La homilía del Papa Benedicto en la apertura del Año de la Fe ha sido apodíctica: basta de vueltas, basta de rodeos: la crisis es de Fe.

Bien. Pero la Fe sigue siendo un terreno amplio. ¿Fe en qué? ¿Qué artículo del Credo se nos cayó de la estantería? Parte de la respuesta habría de pasar por el hecho de que se trata más de la Fe como virtud teologal, como acto y hábito del sujeto creyente, que como objeto creído. No obstante, en sana teología, todos sabemos que ambos asuntos están más ligados de lo que podría parecer. Pues es el objeto creído el que performa la posibilidad del sujeto para adherir. Por tanto, la pelota vuelve al Credo… y uno puede observar que todos los artículos están —cual más, cual menos— dañados, entumecidos unos, macilentos otros, raquíticos todos…

En esta Navidad, que alcanza su cumbre en la Fiesta de Epifanía, yo hago público mi humilde diagnóstico: la falla, la fisura, se da aquí, al pie del pesebre. Los Magos llegan al pesebre y “postrándose lo adoraron”. Y nosotros, que también llegamos al pesebre, y realmente creemos que allí yace nuestro Señor Jesús… no logramos ni postrarnos ni adorarlo.

Afilando un poco más la diagnosis, habría que sentenciarlo así: la crisis es de Fe en la divinidad de Cristo.

Más de uno, sobre todo si está metido hasta los tuétanos tratando de drenar líquidos, de desinflamar, de bajar fiebres, de hiperventilar, podrá fruncir el seño con cara de “dejáte de macanas, de teorizar tanto y vení a dar una mano con los paleativos. ¡Qué diantres tendrá que ver un asunto tan académico con esta septicemia generalizada! ¡Mirá si el cura ese va a haber colgado todo y huido con la monja por la divinidad de Cristo!”

Pero no. Quien lo piensa un poco más podrá al menos aceptar que la hipótesis no es tan descabellada. Que la causa última, la raíz más honda, se distancie del efecto inmediato, es ley en cualquier orden de cosas.

Pensemos este un-poco-más, juntos.

Parecería que no, que no está el vórtice de la crisis en la divinidad de Cristo, pues si uno hace un sondeo en toda la vasta grey cristiana —transversando todos los estados de vida incluso—, preguntando si Jesús es o no es el Hijo del Dios Vivo, el índice de respuestas negativas difícilmente supere el 1 %.

El problema, como anota Casona, es que los árboles mueren de pie. Y las certezas, las convicciones y sus formulaciones, también. Que uno haga una afirmación puede no necesariamente estar significando lo que en verdad ha de significar. Y con este último renglón nos metemos, ahora sí, en el vórtice de la tormenta: ¿qué significa que Cristo es el Hijo del Dios vivo?

Un primer corrimiento puede darse con esto de que es Hijo de Dios. Pues también nosotros lo somos; perdiendo de vista que lo somos por una locura divina de otorgarnos la filiación adoptiva, sin terminar de entender ni por qué esto sea locura ni la distancia infinita que separa la filiación natural de la adoptiva. El mismo encuestador podría sondear cuántos católicos no creen, por ejemplo, que todos los hombres por derecho natural son hijos de Dios… lo que es un disparate supino.

Pero dejemos este corrimiento. Y asumamos que Hijo de Dios dice Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, consustancial al Padre. Bien. Lo que hará falta entonces es detenerse un instante —o varios más— para pensar qué significa ser Dios. Sabemos quién es Dios: Cristo; pero de poco sirve si no sabemos qué es ser Dios.

Un poco con la inteligencia, otro poco con la imaginación y otro tanto con el sentido común, debemos gastar unas monedas interiores en este asunto: ¿qué es ser Dios? Es no ser nada, absolutamente nada de lo creado, pues es justamente su contrario. Es la única realidad que escapa a absolutamente todo lo pensable e imaginable, a todo lo existente. Porque está por afuera de esa totalidad, abarcándola, envolviéndola, sosteniéndola, haciéndola ser. No sólo mi persona, el bombear de mi corazón, la sinapsis de mi neurona, sino la de todos los hombres, y el funcionar biológico de todos los animales, y el rotar del planeta sobre su eje y en torno al sol, y éste flotando en medio de la Vía Láctea… y esforzando nuestra tullida imaginación (tan urgida de ejercicios de elongación) debo imaginarme más y más y más: nidos de galaxias, ramilletes de galaxias, cada una de las cuales suele tener 1012 estrellas, el inmenso espacio intergaláctico, con sus gases y nebulosas y cúmulos… y todo eso, posando sobre la Mano de este Hacedor que lo hizo todo y lo sostiene todo pensándolo todo... sin “piloto automático”: ni un solo protón o neutrón interactúan entre sí, sin que Dios lo decida.

A ese mundo visible hay que sumar el otro, exponencialmente más vasto que el primero: y es el creado mundo invisible, de tronos dominaciones y potestades…

Bien. Cuando nuestra diminuta cabecita logra otear un poco las anchuras reales de Dios, no sin avisarse con realismo que “eso” que logró dimensionar está todavía a años luz de la dimensión real del asunto… pues entonces sí: esa idea de Dios, empuñada cual un cable pelado de alta tensión, es la que hay que acercar al Pesebre, y atreverse a que toque el otro cable: el inerme y diminuto Niño envuelto en pañales. Si hay fogonazo, vamos bien. Si no pasa nada: algo falló.

Y esa es la crisis: que falla; que no hay ni fogonazo, ni chispazo ni cosquilleo siquiera. Y entonces hay que revisar la carga voltaica y ver por dónde se dio la fuga de corriente. Posiblemente lo que haya ocurrido sea que la divinidad que le atribuimos al Niño Jesús sea: o bien una divinidad devaluada (más en la línea de un semidios) o más factible aún, que consideremos que Aquel que “era” de condición divina se anonadó a sí mismo, despojándose de su condición divina, para asumir la condición de esclavo a semejanza nuestra. Un modo astringido y descontextuado de entender el himno paulino (Flp 2). Y que por tanto, el niño que llora en Belén procede de Dios, fue Dios y hasta tiene algo de Dios… pero en todo caso lo tiene “desactivado”. Una encarnación donde Dios-Hijo dejara colgado en el perchero del palier de la Trinidad su condición divina para lanzarse kenóticamente, sin su divinidad, al seno de María.

Y no: no dice eso nuestra Fe. Sin disminuir en nada su condición de Dios es que asume la naturaleza humana. Lo que significa redondamente que el que llora en el establo palestino es el mismo que sostiene las galaxias. Y no sólo es “el mismo” sino que ambas realidades las ejerce al unísono, desde un mismo y único sujeto de identidad. Ese “yo” es amamantado por la Virgen María mientras crea al mundo en un acto continuo, personal, libre, inteligente. Ese inofensivo “mientras” es el que —si todo está a punto— ha de provocar el fogonazo.

Ese Niño es Dios. Es “el Niño Dios” como se decía… hasta que se dejó de decir.

Esta verdad es tan inadecuada, tan escandalosa, tan descabellada, tan impensable… que se entiende que la sensibilidad humana tienda a buscarle una “solución” que devuelva la calma y la cordura. No cabe todo el agua del Océano en un dedal. No cabe la Vía Láctea en una cajita de fósforos… pero cabe el Dios Creador de océanos y galaxias bajo la piel de un bebé recién nacido. 

Cuando esta Paradoja vuelve a tensarse, la Fe recobra —lentamente— su tono muscular. Ni puede un cristiano reposar en la idea de un Dios etéreo, Más-allá-de-todo, ni menos aún en un “pobre Jesucito” que sólo me interpele en su indigencia a hacer un poco de acción social. Hay que acercar ambos cables y aguantar el estrépito de una Verdad que hace saltar todas las térmicas y disyuntores de la cordura y sensatez. Y cuando eso ocurre, ocurre lo de los Magos: miran al Niño y ven a Dios. Y por eso, postrándose lo adoran.

Pero volvamos ahora a la crisis, con diagnóstico y tratamiento indicados. Hay algo curioso y promisorio: dado que este punto es genuino vórtice, auténtico epicentro de toda la infección, en la exacta medida en que se va curando, por círculos concéntricos va amainando la edematización y poco a poco el organismo entero recobra sus parámetros normales. No precisa cada zona afectada un tratamiento local; en absoluto. La salud —como el bien— es difusiva y es el estado normal del creyente. Removido el obstáculo, todo tenderá solo a recobrar su brío.

Si es Dios, puede exigir lo que quiera. Si es Dios, no necesita de alambicados intérpretes. Si es Dios, por más amor y ternura que despierte, a la vez sobrecoge, conmociona, da vértigo. Si es Dios, es de temer. Si es Dios lo merece todo. Si es Dios, mi rodilla sola me pide a gritos ser clavada en tierra: no por cumplir una rúbrica, sino por efecto mismo del impacto derribante.

Por eso, cuando alguien pide —por poner algún ejemplo— que se explique más y mejor cómo comulgar, o cómo estar vestido en Misa o qué actitud física adoptar para confesarse, uno bien podría retrucar: no hace falta abundar en todo eso; alcanza con explicar que es Dios, que es Dios, que es Dios. Todo lo demás, se acomoda solo, por puro sentido común. No hace falta agregar más nada. Como si, por insólita causa, el Papa Benedicto nos citara a su despacho, no haría falta que alguien nos avisara que evitemos ir de bermudas. O al comparecer ante un juez —con potestad para condenarnos a muerte—, al pedirle clemencia, difícilmente lo haríamos muy cruzados de brazos. Por eso: no hace falta ajustar la rúbrica; hace falta ajustar la identidad de Aquel ante Quien estamos. Lo demás, es añadidura.

Por eso los Reyes Magos, al postrarse en adoración ante el divino Niño, nos recuerdan la enfermedad, nos señalan la salud y nos regalan el remedio.

Mientras el “relato” insista en que los Magos, si es que existieron, en el mejor de los casos “le rindieron homenaje”, seguiremos mal. En la medida que el Jefe de la junta médica insista: “homenaje un cuerno: postrándose lo adoraron”, seguirá habiendo esperanza. 

Visto en The Wanderer.

El Papa llama a no colaborar con «proyectos en contraste con la antropología cristiana»

 

benedicto-xvi

 

 

El llamado de Benedicto XVI a los cristianos comprometidos en acciones caritativas.

Subrayó además su oposición a la filosofía de género.

Quien opera en «los organismos de caridad, debe orientarse por los principios de la fe» y «ejercer una vigilancia crítica y, a veces, recusar financiamientos y colaboraciones que, directa o indirectamente, favorezcan acciones o proyectos en contraste con la antropología cristiana». Es el mensaje que esta mañana Benedicto XVI dirigió a los participantes de la plenaria del Pontificio Consejo “Cor Unum”, que fueron recibidos en audiencia en el Aula del Consistorio. El Papa, recordando su “motu proprio” en el que insistió sobre el «sentido eclesial» de la acción caritativa, subrayó que esta puede «abrir la puerta de la fe a muchas personas que buscan el amor de Cristo».

Ratzinger, por ello, citó «la dimensión profética que la fe» otorga a la caridad y la importancia del plan divino para el hombre. El Pontífice observó que, «cuando el hombre no ha buscado ese proyecto, ha sido víctima de tentaciones culturales que han acabado por esclavizarlo». Y citó «las ideologías que rendían culto a la nación, a la raza, a la clase social han resultado ser idolatrías, propias y verdaderas. Lo mismo se puede decir del capitalismo salvaje con su culto del lucro, que se ha traducido en crisis, desigualdad y miseria». Hoy, dijo el Papa, se comparte «cada vez más, un sentimiento común acerca de la dignidad inalienable de todo ser humano y de la responsabilidad, interdependiente y recíproca hacia él».

Sin embargo, también sobre nuestra época, siguió Benedicto XVI, «se abaten sombras que oscurecen el plan de Dios. Me refiero, sobre todo, a una trágica reducción antropológica que replantea el antiguo materialismo hedonista, al que se suma, además, un “prometeísmo tecnológico” De la unión entre una visión materialista del hombre y el gran desarrollo de la tecnología emerge una antropología de fondo ateo. Presupone que el hombre se reduce a funciones autónomas, la mente al cerebro, la historia humana a un destino de auto-realización. Todo ello prescindiendo de Dios, de la dimensión propiamente espiritual y del horizonte ultraterrenal».

Así, para el hombre privado de su alma, «y por lo tanto de una relación personal con el Creador, lo que es técnicamente posible se convierte en moralmente lícito, todo experimento es aceptable, cualquier política demográfica consentida y cualquier manipulación legitimada. La amenaza más peligrosa de esta corriente de pensamiento es, de hecho, la absolutización del hombre». Por ello, explicó el Papa, es necesario «prestar una atención prófética a esta problemática ética y a la mentalidad subyacente. La justa colaboración con las instancias internacionales en el ámbito del desarrollo y la promoción humana, no deben hacer que cerremos los ojos frente a estas graves ideologías y los pastores de la Iglesia[...] tienen el deber de advertir de estos desvíos tanto a los fieles católicos como a todos las personas de buena voluntad y de recta razón».

«Se trata, de hecho, de una deriva negativa para el hombre –explicó–, aunque se disfrace de buenos sentimientos en nombre de un supuesto progreso, o de presuntos derechos o de presunto humanismo. Frente a esta reducción antropológica: ¿Cual es la tarea de todos los cristianos, y especialmente de quienes se dedican a las actividades de caridad, y por tanto están estrechamente relacionado con muchos otros actores sociales? Ciertamente tenemos que ejercer una vigilancia crítica y, a veces, recusar financiamientos y colaboraciones que, directa o indirectamente, favorezcan acciones o proyectos en contraste con la antropología cristiana».

Al concluir, Benedicto XVI recordó que, desde un punto de vista positivo, «el ser humano no es ni un individuo separado ni un elemento anónimo en la comunidad, sino una persona singular e irrepetible, intrínsecamente ordenada a la relación y la socialización. Por lo tanto, la Iglesia reafirma su gran sí a la dignidad y la belleza del matrimonio como una expresión de la alianza fiel y fructífera entre el hombre y la mujer, y su no a filosofías como la de género, está motivada por el hecho de que la reciprocidad entre hombres y mujeres es una expresión de belleza natural del Creador».

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO

Fuente: Vatican Insider.

Benedicto XVI y los obispos: un ciclo llega a su fin

 

 

 

Benedicto XVI concluyó el pasado mes de noviembre, con la audiencia a los obispos de Francia, su primer ciclo de encuentros con los pastores de todo el mundo para las visitas ad limina apostolorum. En el 2013 se encontrará sólo con los obispos de la Conferencia episcopal italiana, “ya que – explica el arzobispo Lorenzo Baldisseri, secretario de la Congregación para los Obispos, en la entrevista a nuestro periódico - el desarrollo del Año de la Fe no permitirá la visita de otras Conferencias episcopales, considerando también la amplitud de la Conferencia episcopal italiana”. El arzobispo se refiere luego al significado de la visita y a sus diversos aspectos.

 

El encuentro con el último grupo de obispos de la Conferencia episcopal francesa ha concluido este ciclo de vistas ad limina apostolorum al que están obligados los obispos de todo el mundo. Una primera mención de este tipo de visita se encuentra en la Carta a los Gálatas, donde san Pablo menciona su encuentro con Pedro después de tres años de misión en Judea. Por lo tanto, esto confirmaría lo esencialmente originario de estas citas.

Efectivamente, las huellas de una primera visita ad limina se encuentra en esta Carta. El apóstol narra que, después de su conversión y el comienzo de su apostolado entre los paganos, fue a Jerusalén para consultar a Pedro – videre Petrum – y en la misma carta refiere también de una segunda visita después de 14 años: “Fui de nuevo a Jerusalén” y “les expuse el Evangelio, que yo predico para los paganos, para asegurarme de no correr o haber corrido en vano”. Sin embargo, sólo con el concilio de Roma del 743 fue establecido por el Papa Zacarías la obligación de la visita ad limina de los obispos, que disminuyó luego a lo largo de los siglos hasta que, en 1585, el Papa Sixto V la restauró con la constitución Romanus Pontifex. Sucesivamente fue recibida en el Código de Derecho Canónico de 1917, en el actualmente vigente de 1983 y en la Constitución Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus.

 

El Código de Derecho Canónico prescribe que estas visitas deban realizarse cada cinco años. Este último ciclo, sin embargo, ha durado siete. ¿Es el preludio a un cambio de la praxis?

Los cánones 399 y 400 del Código de Derecho Canónico, en efecto, prescriben las visitas con una frecuencia quinquenal, pero por eventos y circunstancias particulares esta frecuencia a menudo no es observada. Basta recordar el gran Jubileo del 2000, cuyas actividades pastorales a nivel local y universal no permitieron a Juan Pablo II completar las visitas en el tiempo establecido. A pesar de ese retraso, la prescripción del Código permanece en vigor. Ciertamente, con la reciente visita ad limina de los obispos de Francia, Benedicto XVI ha concluido el primer ciclo de visitas de todo el episcopado católico del mundo. Esta conclusión coincide con el comienzo del Año de la Fe, que verá particularmente comprometidos tanto al Papa como a los obispos en sus Iglesias particulares.

 

Aún si puede intuirse por el significado de las palabras, ¿cómo nace la definición “visita ad limina apostolorum”?

Visita ad limina apostolorum significa “visita a las tumbas de los Apóstoles”, ya que los obispos son periódicamente invitados a ir a Roma para videre Petrum, realizar una peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia de Roma, y expresar y reforzar la unidad y la colegialidad de la Iglesia. El encuentro entre el Romano Pontífice y cada obispo reviste una importancia particular y es un encuentro diverso de aquellos que tienen lugar a veces en otras circunstancias. En el caso de la visita ad limina, el encuentro oficial es entre el obispo de una Iglesia particular y el obispo de Roma, sucesor de Pedro. Cada uno – como dice la Pastor Bonus – con su responsabilidad inderogable, cada uno representa a su modo el nosotros de la Iglesia, el nosotros de los fieles, el nosotros de los obispos, que en cierto sentido constituyen el único nosotros en el Cuerpo de Cristo. Se comprende, entonces, que las visitas ad limina tienen una importancia particular en lo que respecta a la Iglesia como comunión, donde todos los miembros según sus propias funciones, carismas y ministerios, participan e interactúan y edifican el Cuerpo vivificado por el Espíritu Santo.

La visita ad limina se presenta como expresión de la solicitud pastoral de cada uno y de todos los obispos unidos con el Papa, y es uno de los momentos privilegiados de comunión, como un intercambio de dones, un crecimiento y una consolidación de la colegialidad. No se trata, por lo tanto, de un simple acto jurídico-administrativo, protocolar, sino de un enriquecimiento y de una experiencia de comunión pastoral, de participación en las ansias y en las esperanzas que viven las Iglesias, una actitud de escucha recíproca con la guía del Espíritu para cumplir y llevar a cabo el mandato de evangelizar según las exigencias del momento histórico en que la Iglesia vive.

 

En una entrevista concedida a una radio alemana en el 2009, Benedicto XVI dijo: “Yo hablo personalmente con cada obispo. En estos encuentros, en los que centro y periferia se encuentran en un intercambio franco, crece la correcta relación recíproca en una tensión equilibrada”. ¿Éste es el sentido de las visitas ad limina?

Usted ha recordado las palabras de Benedicto XVI que ilustran el significado y el contenido de las visitas ad limina. Se trata de valorizar este instrumento de comunión y de acción pastoral y apostólica en el mundo. Los obispos son profundamente tocados por la experiencia de las visitas a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y por el encuentro personal con el Papa. La visita se amplía a los diversos dicasterios romanos, con un calendario establecido, que permite un intercambio fructífero de informaciones, reflexiones sobre temas específicos de la pastoral y de la vida de la Iglesia en sus diversos aspectos, a fin de resolver eventuales problemas, solicitar intervenciones necesarias en los diversos campos, mejorar, a veces corregir, y avanzar en los proyectos comunes de evangelización en una sinfonía de notas y de sonidos armónicamente vinculados y fructuosos. Entre un encuentro y otro con los diversos dicasterios de la Curia Romana, los obispos se reúnen a rezar en cada una de las cuatro basílicas papales, concelebrando la Eucaristía o rezando una parte de la Liturgia de las Horas. Con este objetivo ha sido redactado un opúsculo sobre la liturgia en las visitas ad limina, con formularios para cada basílica.

 

En realidad, de la visita permanece sobre todo la audiencia papal. Y, sin embargo, ésta se desarrolla de un modo mucho más complejo que el simple encuentro con el Pontífice. ¿Nos puede describir en síntesis cómo tiene lugar en su totalidad?

La visita es organizada por la Congregación para los Obispos en colaboración con la Prefectura de la Casa Pontificia en lo que concierne a las audiencias de los obispos con el Papa; con la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas y las oficinas para las celebraciones en las basílicas de San Pedro y en las otras basílicas; así como con los dicasterios, que usualmente se encuentran con los obispos. Son divididos en regiones de la Conferencia Episcopal. En el encuentro colectivo, el Pontífice pronuncia un discurso, que concierne a ese determinado grupo de obispos o a toda la Conferencia episcopal, con una mirada dirigida a los países de los cuales provienen.

 

La documentación – presumiblemente amplia – que los obispos llevan con ellos constituye indudablemente una mina de información sobre el estado no sólo de la Iglesia sino también de la sociedad civil local. ¿Cómo es utilizada?

Los obispos deben presentar al Papa una relación sobre el estado de su diócesis. Es redactada según un formulario elaborado por la Congregación para los Obispos. El último es de 1997 y comprende todos los ámbitos que conciernen a la vida de la diócesis y la misión del obispo: desde la descripción territorial de la diócesis a la organización de la Curia y de la misma diócesis, hasta la población, al estado de la vida cristiana de los fieles, hasta el número de los sacerdotes, a la vida del presbiterio, del seminario, de las parroquias y de las escuelas católicas. No falta la pastoral familiar, la sanitaria, la doctrina social de la Iglesia, la caridad y la relación del obispo con las autoridades civiles, el estado de las obras de arte y los medios de comunicación social. El conjunto se concluye con una mirada general sobre la diócesis, con una mirada al futuro de la Iglesia particular. Es el medio más seguro e inmediato para conocer la vida, el crecimiento y las potencialidades, como también las dificultades de una Iglesia particular. Y es la base para los coloquios de los obispos con el Papa y los dicasterios de la Curia Romana. La relación sobre el estado de la diócesis representa también una notable fuente para la historia. Son muchos los que sacan noticias de tales documentos para estudiar la vida de las Iglesias particulares en un determinado período histórico o para profundizar el episcopado de un obispo.

 

En el período que transcurre entre una visita y la otra, ¿cuál es el camino que siguen los obispos para informar sobre problemas particulares o para pedir indicaciones pastorales sobre el modo de afrontar casos urgentes que se deban presentar?

Entre una visita ad limina y otra, no se interrumpe la relación entre los obispos y la Santa Sede. En primer lugar, tal relación tiene lugar localmente a través de las representaciones pontificias. Los nuncios apostólicos representan al Papa en una determinada nación y están presentes allí para ayudar y sostener a los obispos en su servicio pastoral y a los mismos fieles que se dirigen a ellos.

Debemos tener siempre presente que cada obispo puede dirigirse al Papa, cuando lo considere necesario, para exponer las propias necesidades, pedir ayuda o consejo sobre todo aquello que concierne a la vida pastoral y a su mismo ministerio episcopal. Los mismos viajes apostólicos, que son normalmente de carácter pastoral, se insertan en esta continua relación entre los obispos y el Papa: es la relación de comunión entre los miembros del mismo colegio episcopal, vinculados por el sagrado vínculo del sacramento y de la misma misión de edificar la Iglesia. Además, son continuas las relaciones con los diversos dicasterios de la Curia Romana. Desde la experiencia de esta Congregación para los Obispos se puede realmente atestiguar que las relaciones con los obispos del mundo son cotidianas y son muchos aquellos que vienen para tratar las cuestiones de sus diócesis, pidiendo consejo o afrontando problemas. Estos encuentros son una verdadera riqueza tanto para los obispos como para el dicasterio, que acoge siempre fraternalmente a cada obispo para sostenerlo y ayudarlo. Así, por otra parte, se enriquece por la experiencia y por la vida de las Iglesias particulares. Así se da, podemos decir, un recíproco intercambio de dones.

 

En el Directorio de la Congregación para los Obispos, publicado en 1988, se afirma que estas visitas no son un “simple acto jurídico-administrativo consistente en la realización de una obligación ritual, protocolar y jurídica”. ¿De dónde nace, entonces, la exigencia de regularlas con normas en en el Código de Derecho Canónico?

Su regulación canónica no prejuzga la importancia comunional o la inmediatez de las relaciones de los obispos con el Sucesor de Pedro. El hecho de su reglamentación en el Código de Derecho Canónico es el signo de la importancia que la Iglesia atribuye a la relación entre el obispo de Roma y los otros obispos. Una relación que no puede ser sólo espontánea o esporádica, sino regular y ordenada, porque se trata, en último término, de la vida de la Iglesia en su dimensión universal y particular. El concilio Vaticano II nos ha recordado que las Iglesias particulares están formadas a imagen de la Iglesia universal, y en ellas y por ellas existe la Iglesia universal una y única. Esta relación fundamental es la fuente teológica de la reglamentación canónica.

 

¿Cuándo y de qué modo se retomará el nuevo ciclo de las visitas ad limina apostolorum?

En este 2013 serán los obispos italianos quienes irán en peregrinación a las tumbas de los apóstoles y a encontrarse con el sucesor de Pedro. La de ellos es una visita muy significativa porque el Papa es el Obispo de Roma, por lo tanto, tiene un vínculo muy estrecho con los obispos de Italia: podríamos decir que el Papa es “obispo italiano”. El desarrollo del Año de la Fe no permitirá la visita de otras Conferencias episcopales, considerando también la amplitud de la Conferencia episcopal italiana.

 

Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

Cambio de Plantillas

 

Estimados lectores, por medio de la presente entrada queremos informarles que estamos realizando algunos cambios de plantillas de blogger para el año 2013. Por el momento, las mismas no son definitivas.

 

Pedimos disculpas por las molestias que estos cambios puedan llegar a ocasionar y agradecemos vuesta visita.

 

Saludos cordiales en Cristo.

Juventutem Argentina, Administración.