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viernes, 15 de febrero de 2013

Roberto de Mattei sobre la renuncia de Benedicto XVI

 

 

 

El Papa puede renunciar. Pero, ¿es oportuno que lo haga? Un autor ciertamente no “tradicionalista”, Enzo Bianchi, en “La Stampa” de 1 de julio de 2002, escribía: “Según la gran tradición de la iglesia de Oriente y de Occidente, ningún Papa, ningún patriarca, ningún obispo debería renunciar solo a causa de alcanzar un límite de edad. Es verdad que desde hace una treintena de años en la iglesia católica hay una norma que invita a los obispos a ofrecer la propia renuncia al pontífice al cumplir los setenta y cinco años, y es verdad que todos los obispos acogen con obediencia esta invitación y la presentan, y es verdad también que normalmente son atendidos y acogidas las renuncias. Pero esta es una norma y una praxis reciente, fijada por Pablo VI y confirmada por Juan Pablo II: nada excluye que en el futuro pueda ser revisada, después de haber sopesado las ventajas e inconvenientes que haya traído en estos decenios de aplicación”. La norma por la que los obispos renuncian a los 75 años a sus diócesis es una fase reciente de la historia de la Iglesia, que parece contradecir las palabras de san Pablo, para el que el Pastor es nombrado “ad convivendum e ad commoriendum” (2 Cor 7, 3), para vivir y para morir junto a su rebaño. La vocación de un Pastor, como la de todo bautizado, ata por tanto no hasta una cierta edad, y mientras haya una buena salud, sino hasta la muerte.

 

Bajo este aspecto la renuncia al pontificado de Benedicto XVI aparece como un gesto legítimo desde el punto de vista teológico y canónico, pero en el plano histórico, se muestra en absoluta discontinuidad con la tradición y la praxis de la Iglesia. Desde el punto de vista de las consecuencias que se puedan seguir se trata de un gesto no simplemente “innovador”, sino radicalmente “revolucionario”, como lo ha definido Eugenio Scalfari en “La República” del 12 de febrero. La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública de todo el mundo, queda en efecto despojada de su sacralidad para ser cosignada a los criterios del juicio de la modernidad. No por casualidad, en el “Corriere della Sera” del mismo día, Massimo Franco habla del “síntoma extremo, final, irrevocable de la crisis de un sistema de gobierno y de una forma de papado”.

 

No se puede parangonar con Celestino V, que renuncia después de haber sido arrancado a la fuerza de su celda eremítica, ni con Gregorio XII, que fue obligado por su parte a renunciar para resolver el gravísimo problema del Gran Cisma de Occidente. Se trataba de casos excepcionales. Pero ¿cuál es la excepción en el gesto de Bendicto XVI? La razón, oficial, plasmada en sus palabras del 11 de febrero expresa, más que la excepción, la normalidad: “En el mundo de hoy, sujeto a rápidos cambios y agitado por problemas de gran relevancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del alma, vigor que, en los últimos meses ha disminuido en mí de modo tal que debo reconocer mi incapacidad”.

 

No nos encontramos aquí ante una gran inhabilitación, como era el caso de Juan Pablo II en el último tramo de su pontificado. Las facultades intelectuales de Benedicto XVI están plenamente íntegras, como ha demostrado en una de sus últimas y más significativas meditaciones en el Seminario Romano, y su salud es “en general buena”, como ha precisado el portavoz de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, según el cual, sin embargo, el Papa ha advertido en los últimos tiempos “el desequilibrio entre las tareas, entre los problemas que hay que afrontar y las fuerzas de las que siente no disponer”.

Sin embargo, hasta el momento de la elección, todo pontífice tiene un comprensible sentimiento de inadecuación, advirtiendo la desproporción entre las capacidades personales y el peso del cargo al que es llamado. ¿Quién puede decir encontrarse en condiciones de sostener con sus solas fuerzas elmunus de Vicario de Cristo? El Espíritu Santo, sin embargo, asiste al Papa no solo en el momento de la elección, sino hasta la muerte, en todo momento, también en el más difícil de su pontificado. En la actualidad el Espíritu Santo está siendo invocado con frecuencia indebidamente, como cuando se pretende que cubra todos los actos y todas las palabras de un Papa o de un Concilio. En estos días, sin embargo, es el gran ausente en los comentarios de los mass-media que valoran el gesto de Benedicto XVI siguiendo un criterio puramente humano, como si la Iglesia fuese una multinacional, guiada en términos de pura eficiencia, prescindiendo de todo influjo sobrenatural.

 

Pero hay que preguntarse: en dos mil años de historia, ¿cuántos son los Papas que han reinado con buena salud y no han advertido el declive de las fuerzas y no han sufrido enfermedades y pruebas morales de todo género? El bienestar físico no ha sido nunca un criterio para el gobierno de la Iglesia. ¿Lo será a partir de Benedicto XVI? Un católico no puede dejar de hacerse esta pregunta y si no se la hace, se la harán los hechos, como en el próximo cónclave, cuando la elección del sucesor de Benedicto se orientará fatalmente hacia un cardenal joven y en plenitud de fuerzas para que pueda ser considerado adecuado a la grave misión que le espera. A menos que el núcleo del problema no sea el de los “problemas de gran relevancia para la vida de la fe” a los que ha hecho referencia el Pontífice, y que podrían aludir a la situación de ingobernabilidad en que parece encontrarse hoy la Iglesia.

 

Sería poco prudente, bajo este aspecto, considerar ya “cerrado” el pontificado de Benedicto XVI, dedicándose a prematuros balances, antes de esperar el fatídico plazo anunciado por él: la tarde del 28 de febrero de 2013, una fecha que quedará grabada en la historia de la Iglesia.Antes, pero también después de aquella fecha, Benedicto XVI podría ser aún protagonista de nuevos e imprevistos escenarios. El Papa, en efecto, ha anunciado su renuncia, pero no su silencio, y su decisión le restituye una libertad de la que quizás se sentía privado. ¿Qué dirá y hará Bendicto XVI, o el cardenal Ratzinger, en los próximos días, semanas o meses? Y sobre todo, ¿quien guiará, y de qué manera, la navecilla de Pedro en las nuevas tempestades que inevitablemente la esperan?

 

Visto en InfoCaótica.