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sábado, 12 de abril de 2014

P. Leonardo Castellani: Sermón del Domingo de Ramos

 

En el Domingo de Ramos se lee durante la misa la Pasión según San Mateo; y en el curso de la Semana Santa se leen las otras tres “Pasiones” –la de San Juan, se canta. La Iglesia quisiera que toda esta Semana se recordara de continuo y meditara la Pasión de Cristo. Pero para poder hacer eso, hay que ser fraile.
La Iglesia quisiera que se meditara la Pasión de Cristo toda la vida; que eso significan los Crucifijos; y los “Calvarios” que se yerguen sobre todas las montañas y lomas en los países católico-germanos de Europa; meditación a la que no puede agotar ninguna vida de hombre. La actual devoción al “Corazón de Jesús” significa lo mismo: es la Pasión de Cristo contemplada en el interior, es decir, en sus afectos, que fueron infiernados; y en su causa, que fue el Amor –el amor no correspondido. Es decir, los dolores del alma. San Juan es el “scriba ánimæ Christi”, el notario del corazón de Jesús.
Haremos dos comentarios de la pasión y muerte de Cristo: uno sobre los dolores de su alma (sobre lo cual escribió un sermón inmortal E. Newman) y otro sobre la legalidad de la muerte de Cristo. Hoy día, después del historiador Gibbons, muchos escritores impíos sostienen que la muerte de Cristo “fue legal”.
Los dolores físicos de Cristo fueron extremos: una verdadera tempestad de horrores. Un día de intenso trabajo, el rito de la Pascua, el largo y emotivo Sermón-Testamento después del lavatorio de los pies pedían una noche de sueño: siguió la larga subida al Olivar desde la otra punta de la ciudad, rodeando el Templo: la bajada al Cedrón y la subida a Getseemáni, la doble oración del Huerto en la cual sudó sangre; y el apresamiento lleno de brutalidades; que no otra cosa significan el machetazo de Pedro a Malco y la huida despavorida de los Apóstoles. Después siguió la parada ante el Sanedrín y la bofetada; y las inmundas vejaciones, ultrajes y golpes en la galería de la Curia Sinagogal. Al amanecer Cristo tenía que estar desmayado o muerto; y entonces comienza la real pasión: le quedaba todavía doce horas de torturas sobrehumanas, a saber, los paseos horribles por toda la ciudad, los azotes a la columna (que ellos solos producían la muerte en muchos casos), la coronación de espinas, el acarreo de la cruz, el enclavamiento y las tres horas de espantosa agonía. Hasta la última gota de sangre. Despacio, diabólicamente graduado.
Los dolores de un hombre son una función de su sensibilidad; los dolores físicos al fin y al cabo desembocan en la conciencia, la cual les da su tercera dimensión: por eso un dolor físico cualquiera es infinitamente mayor en un hombre que en un animal. Y por eso la pasión física de Cristo, aunque la suma de las torturas no hubiese sido casi infinita, hubiese sido a causa de su exquisita sensitividad casi infinita; porque Cristo representa con respecto a nosotros algo como nosotros con respecto a un animal. Cristo tenía una “cuarta” dimensión.
Hay hombres que han sufrido horrores en su vida estando casi incólumes exteriormente: a causa de su sensitividad. El filósofo Kirkegor por ejemplo: yo no he vacilado en estampar hace poco a su propósito la frase sagrada: “enclavaron sus manos y sus pies y contaron todos sus huesos”. Y sin embargo Kirkegor físicamente no sufrió mucho: tenía una pequeña renta para vivir, no tuvo enfermedades agudas, su “would-be” suegro lo amenazó una vez con un puñetazo pero no se lo dio, su gigantesco trabajo de escritor (que en 8 ó 10 años produjo una obra que en la actual edición alemana tiene 52 tomos) estaba compensado por el gozo de la creación de obras geniales… Pero Kirkegor era un melancólico, tenía los nervios de un gran artista; y lastimados encima. La lectura de su “Diario” lo pone poco a poco a uno delante de los dolores de Job; y uno se queda pasmado delante de un verdadero abismo de paciencia. Fue ciertamente un “crucificado”.
La pasión del Cristo se abre y se cierra con dos frases de dimensión infinita, que indican los dolores del alma de Jesús, que sólo Él podía conocer. Al comenzar dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte”; y al terminarla dijo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Estas palabras responden al grito que puso en sus labios el profeta: “Todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor comparable a mi dolor”.
Estas palabras designan un dolor abismal, casi infinito: la Muerte y el Infierno, que son los dos males supremos, hijos del Pecado. Porque el sentirse real y verdaderamente abandonado por Dios, eso es el infierno. Y Cristo no exageraba ni mentía.
La primera sangre que derramó Cristo no se la arrancaron los azotes: se la arrancó la tristeza. “Empezó a entristecerse y a atediarse y aterrorizarse” –anota el Evangelista. Vieron visiblemente los Apóstoles en el gesto de Cristo esos tres monstruos –Tristeza, Tedio y Terror– que cayeron sobre Él al ingresar en el Oliveto; y la respuesta del Maestro a su muda o hablada interrogación fue descubrirles su alma “triste hasta la muerte”. La aprensión imaginativa de un gran peligro o un gran dolor –y más de un dolor irremediable– suele atormentar a veces más aún que el mismo hecho: a muchos los ha llevado a la desesperación y al suicidio. Esa es la condición del hombre; pero esa condición, que nos ha sido dada para que luchemos y evitemos la catástrofe, a Cristo le fue dada para mayor tormento. “Y era su sudor como sudor de sangre que corría hasta la tierra” –empapadas las vestiduras por lo tanto. Púrpura real. “¿Quién es éste que viene desde Esrom, enrojecidas sus vestiduras como vestiduras de rey?”.

La tristeza de Cristo tenía tres raíces: 1ª) el Universal Pecado que había asumido como Cordero Sacrificial pesando asquerosamente sobre su conciencia santísima; 2ª) la previsión de todos los horrores próximos con la violenta y frustrada voluntad de rehuirlos y evitarlos; 3ª) la visión clarísima de la ingratitud de la humanidad. Quae utílitas in sánguine meo? ¿Para qué ha servido mi sangre? ¡Judas!
De nosotros depende que haya servido o no. Podemos consolar el corazón de Dios.
“Comenzó a entristecerse…”. Esa tristeza fue aumentando hasta el final, hasta llegar al grito de los condenados. Los Apóstoles no vieron más que la entrada al abismo. Más allá ningún hombre puede seguir al Hombre-Dios.
Es cuestión de recordar la frase ingenua y temeraria del paisano: “Si esto que dicen los curas es verdá, y todo eso fue por mí, yo tengo que hacer alguna cosa muy brava por vos”.
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El 2º comentario al “Passio” de San Mateo que habíamos prometido versa sobre la legalidad de la muerte de Cristo.

Hace tiempo leímos en un diario yanqui una noticia curiosa: que los israelitas de Nueva York querían hacer una revisión jurídica del proceso a Cristo; es decir, reunir otra vez el Sinedrio, rever testimonios y pruebas, y dictar sentencia definitiva. No sé si se hizo. Lo curioso sería que lo hubiesen hecho y hubiesen condenado de nuevo a muerte al Nazareno ese, que tanto ha dado que hacer. La verdad es que en todo rigor debían hacer eso; porque si llegaran a absolverlo, tenían que volverse todos cristianos; o mejor dicho, ya lo serían 1.
Pero si lo han hecho, lo probable es que la sentencia no ha sido ni “guilty”, ni “non guilty”; sino una sentencia de “not proven” o “out of legality”: nulo por irregularidad de forma jurídica. El proceso de Cristo ha sido altamente ilegal.
El P. Luis De La Palma S. J. en su clásica obra “Historia de la Pasión” ha reseñado en una página maestra las ilegalidades de ese rabioso proceso, que fue una monstruosidad jurídica. El Sinedrio o Tribunal Supremo se reunió en el tiempo pascual, cosa que les estaba vedada; se produjeron testigos falsos y contradictorios; no hubo testigos de descargo; no se dio al reo un defensor; al responder a una pregunta del juez, el acusado fue abofeteado; se tomó una respuesta del reo como prueba y el juez se convirtió en fiscal; la respuesta del Sinedrio no se dio por votación; se celebraron dos sesiones en el mismo día, sin la interrupción legal mandada entre la audición y la sentencia; el sentenciado fue deferido a la Autoridad Romana, que ellos no reconocían como legítima y que (como les advirtió el mismo Pilatos) no entendía jurisdiccionalmente de delitos religiosos; la acusación promovida en el Pretorio (“éste, se ha hecho Dios y por eso debe morir”) no era delito en ese Tribunal; el reo fue tundido a azotes, que era el comienzo de la crucifixión, antes de la sentencia prolata; el delito de conspiración contra el César, que promovieron después, no era pasible de crucifixión, ni siquiera de muerte, como lo era la sedición a mano armada y la traición al ejército imperial, cosas que manifiestamente no hizo Cristo; y finalmente dejando otras dos irregularidades menores, el pazguato de Pilato no profirió la sentencia oficial: “Ibis ad crucem”, sino que dijo malhumorado: “Agárrenlo ustedes y hagan lo que quieran”, cosa que un juez no puede hacer, porque es abdicar su oficio; después de haber hecho la fantochada de lavarse las manos con lo que creyó quedar bien con Dios, con los judíos y con su mujer; y después de haber proclamado públicamente la inocencia del acusado: “Non invenio in eo culpam” –no encuentro culpa en él–, lo mandó al patíbulo.

No sé si olvido alguna porque cito de memoria; pero con la mitad de estas irregularidades el proceso es archinulo; y el juez tenía el deber estrictísimo de absolver al acusado; hacer administrar “cuarenta menos uno” a Caifas por los malos tratamientos que había permitido infligirle; y hacer barrer a golpe de lictor a la turba con Barrabás y todo, que al pie de la escala de mármol (no querían pisar el pretorio para no mancharse y poder comer la pascua, los angelitos), bramaban como leones y toros (“toros bravos me han cercado, líbrame de la boca del león” –dijo el Profeta), y atropellaban el decoro del Procónsul con amenazas absurdas. Lo único que hay que anotarle al pollerudo de Pilatos es que no recibió ninguna “coima” (no se acordó) cosa que no se puede decir de todos los jueces cristianos.
Pero donde se equivoca La Palma es en enrostrar a los fariseos todas estas fallas del “procedimiento”; en este caso no tienen importancia maldita 2. Si Cristo no era lo que Él decía, había que darle muerte por encima de todo procedimiento; y eso en virtud del sentimiento religioso. Era un blasfemo; y por cierto, el blasfemo más extraordinario que ha existido. Por eso, ellos no tuvieron reparos en des-responsablar a Pilatos: “que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Esto era un juramento tremendo, que los latinos llamaban “exsecración”. En eso se sentían seguros: “creían (perversamente) hacer un obsequio a Dios”. Si el Nazareno no era Dios; ni el pastor Eróstrato que incendió el templo de Diana de Efeso, ni Calígula que violó una Vestal, ni Enrique II que hizo matar a Santo Tomás-Beckett en su catedral y durante su misa, han hecho una blasfemia y un sacrilegio comparable: “Reo es de muerte; nosotros sabemos que es reo de muerte; poco importa lo que le digamos a este romanacho incircunciso…”. Si la acusa de conspiración contra el César, y la subsiguiente amenaza no hubiesen surtido el apetecido efecto, poco les hubiera importado acusar a Cristo de haber pagado tres asesinos para matar a Pilatos, su mujer y su hijo. (Pilatos no tuvo hijos en vida; aunque después de muerto ha tenido muchos hijos adoptivos).
Pero la cuestión en causa no era la sedición contra el César (que ellos deseaban con toda el alma, los hipócritas) ni si Cristo había dicho que iba destruir el Templo y reedificarlo en tres días (que ellos sabían no había dicho) ni nada por el estilo. La cuestión real era: ¿Cristo es lo que Él dijo o no? Esta es la cuestión más tremenda que se ha puesto en la historia de la humanidad: cuestión de vida o muerte.
Todavía se pone, se pone continuamente; y la prueba son los honestos judíos de Nueva York. El proceso de Cristo se reproduce continuamente en el alma de cada hombre: Cristo es acusado, da testimonio de sí, deponen contra él falsos testigos, malos sacerdotes lo juzgan y condenan, Judas lo besa, inmundos herodes se burlan de él, y muchos pilatillos lo crucificamos. Es la cuestión de un simplicísimo si o no que se produce en lo más profundo del alma: “Sí, es Dios. No, no es mi Dios”. Si no es mi Dios, es reo de muerte… ¡Que desaparezca, que sea crucificado, que sea sepultado y sellado su cadáver y que no sepa más de él ni de su memoria!… Tremendo pensamiento.
Los cristianos creemos que la dispersión secular del pueblo judío (que ahora se está por terminar) es la respuesta a aquella “exsecración” de los fariseos: “caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. ¿Por qué sobre nuestros hijos? ¿No es injusto eso? Aquí hay un misterio. En realidad, todo judío que por su culpa no se vuelve cristiano, da su aquiescencia a la condenación de Cristo; porque ellos tienen en sus manos las Escrituras con todas las profecías (la pieza maestra del proceso, el testigo que no se llamó) y nadie tan bien como ellos puede entender de esta causa. Decir esto parece duro y tremendo; y en realidad lo es. Pero la cuestión es esta: o fue Dios o no fue Dios y no hay evasiva ni respuesta intermedia posible. O blasfemo, o mi Creador y Señor.
Dejemos en paz a los judíos si no es para rogar por ellos, como ruega la Iglesia el Viernes Santo: demasiado han sufrido. Lo malo es la segunda crucifixión de Cristo (“rursum crucifigentes Filium Dei”) que hacemos los cristianos. En mi propia vida tengo bastante que considerar; pero eso no es para contarlo aquí. Pero en la vida pública de las naciones llamadas cristianas, desde la Reforma acá, un largo e infausto Vía Crucis ejecuta al Cuerpo Místico de Cristo. Los caifas, los judas, los pedros, los herodes, los pilatos se multiplican; y todos los gestos de aquella nefasta hazaña se reproducen simbólicamente: se lo niega, se lo calumnia, se lo impreca, se lo azota y se lo crucifica. Y se lo sepulta.
Las naciones parecen en camino de crucificar nuevamente a Cristo; y de gritar al cielo: “que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

«Hasta el cielo en dolor anegado
Llega el grito de un ruego execrable
Cubre el ángel su rostro espantado
Dice Dios: “Yo lo voy a cumplir”
Y esa sangre, que el padre imprecaba,
A la prole infeliz aún enlima
Que hace siglos la lleva y de encima
No la pudo hasta hoy sacudir…
Padre nuestro, pues tanto le cuesta
Por Él cese tu ardor vengativo
De los ciegos la insana respuesta
Vuelve en bien, oh piadoso Señor.
Sí, esa sangre sobre ellos descienda
Pero en lluvia que limpie sus lodos
Todos hemos errado, y de todos
Esa sangre redima el error. 3»

Domingo de Ramos El Evangelio de Jesucristo, Leonardo Castellani, S.J.

San Gregorio Magno y la inteligencia espiritual de las Escrituras

 

 

Por Raniero Cantalamessa

“El objetivo de nuestra reflexión es ver cómo los Padres nos pueden ayudar a reencontrar esa virginidad de escucha, esa frescura y libertad al acercarnos a la Biblia que permiten experimentar la fuerza divina que se desprende de ella”

En el intento de entrar en la escuela de los Padres para dar un nuevo impulso y profundidad a nuestra fe, no puede faltar una reflexión sobre su manera de leer la palabra de Dios. Será san Gregorio Magno, papa, el que nos guíe a la «inteligencia espiritual» y a un renovado amor hacia las Escrituras.
Ha sucedido en el mundo moderno, con respecto a la Escritura, lo mismo que se ha producido hacia la persona de Jesús. La investigación del exclusivo sentido histórico y literal de la Biblia que ha dominado en los últimos dos siglos partía de los mismos supuestos y llevó a los mismos resultados de la investigación de un Jesús histórico distinto del Cristo la fe. Jesús era reducido a un hombre extraordinario, un gran reformador religioso, pero nada más; la Escritura era reducida a un libro excelente, si se quiere el más interesante del mundo, pero un libro como los demás, que hay que estudiar con los medios con los que se estudian todas las grandes obras de la antigüedad. Hoy se está yendo incluso más allá. Un cierto ateísmo militante maximalista, antijudío y anti-cristiano, considera la Biblia, el Antiguo Testamento en particular, como un libro «lleno de infamias», que hay que quitar de las manos de los hombres de hoy.
A este asalto a las Escrituras, la Iglesia opone su doctrina y su experiencia. En la Dei Verbum, el Vaticano II reiteró la perenne validez de las Escrituras, como palabra de Dios a la humanidad; la liturgia de la Iglesia les reserva un lugar de honor en cada una de sus celebraciones; muchos estudiosos, a la crítica más actualizada, unen también la fe más convencida en el valor trascendente de la palabra inspirada. Quizá la prueba más convincente es, sin embargo, la de la experiencia. El tema que, como hemos visto, llevó a la afirmación de la divinidad de Cristo en Nicea, en el año 325, y del Espíritu Santo en Constantinopla, en el año 381, se aplica plenamente también a la Escritura: en ella experimentamos la presencia del Espíritu Santo, Cristo nos habla todavía, su efecto sobre nosotros es distinto al de cualquier otra palabra; por tanto, no puede ser simple palabra humana.
1. Lo antiguo se hace nuevo
El objetivo de nuestra reflexión es ver cómo los Padres nos pueden ayudar a reencontrar esa virginidad de escucha, esa frescura y libertad al acercarnos a la Biblia que permiten experimentar la fuerza divina que se desprende de ella. El Padre y Doctor de la Iglesia que elegimos como guía, he dicho, es san Gregorio Magno, pero para poder comprender su importancia en este campo debemos remontarnos a las fuentes del río en el que él mismo se inserta y trazar su curso, al menos someramente, antes de llegar a él.
En la lectura de la Biblia, los Padres no hacen más que proseguir la línea iniciada por Jesús y por los apóstoles, y esto ya debería hacernos cautos en el juicio respecto de ellos. Un rechazo radical de la exégesis de los Padres significaría un rechazo de la exégesis de Jesús mismo y de los apóstoles. Jesús, a los discípulos de Emaús, les explica todo lo que en las Escrituras se refería a Él; afirma que las Escrituras hablan de él (Jn 5,39), que Abraham vio su día (Jn 8,56); muchos gestos y palabras de Jesús tienen lugar «para que se cumplan las Escrituras»; los primeros dos discípulos dicen de él: «Hemos encontrado a aquel del que escribieron Moisés y los profetas» (Jn 1,45).
Pero todo esto eran correspondencias parciales. No ha sucedido todavía la transmisión total. Esta se realiza en la cruz y está contenida en la palabra de Jesús moribundo: «Todo está consumado». También en el Antiguo testamento había habido novedades, reanudaciones, transposiciones; por ejemplo, el regreso de Babilonia era visto como una renovación del prodigio del éxodo. Eran re-interpretaciones parciales; ahora se realiza una re-interpretación global, un salto cualitativo: personajes, acontecimientos, instituciones, leyes, templo, sacrificios, sacerdocio, todo parece, de golpe, bajo otra luz. Como cuando en una habitación iluminada por la tenue luz de una vela, se enciende repentinamente una potente luz de neón. Cristo, que es «luz del mundo», es también luz de las Escrituras. Cuando se lee que Jesús resucitado «abre la mente de los discípulos a la comprensión de las Escrituras» (Lc 24,45), se quiere decir esta inteligencia nueva, realizada por el Espíritu Santo.
El cordero rompe los sellos, y el libro de la historia sagrada finalmente puede ser abierto y leído (cf. Ap 5). Todo permanece, pero nada es como antes. Es el instante que une —y al mismo tiempo distingue— los dos Testamentos y las dos Alianzas. «Clara y brillante, ¡esta es la gran página que separa los dos Testamentos! Todas las puertas se abren de una vez, todas las oposiciones se disipan, todas las contradicciones se resuelven» [1]. El ejemplo más claro para entender lo que sucede en este momento es la consagración de la Misa, y en efecto, esta no es más que el memorial de la otra. Nada aparentemente ha cambiado sobre el altar en el pan y en el vino y, sin embargo, sabemos que después de la consagración son algo muy distinto y los tratamos de manera muy distinta que antes.
Los apóstoles siguen esta lectura, aplicándola a la Iglesia, además de a la vida de Jesús. Todo lo que está escrito en el libro del Éxodo fue escrito para la Iglesia (1 Cor 10,1-11); la roca que seguía y saciaba la sed de los judíos en el desierto anunciaba a Cristo y el maná, al pan bajado del cielo; los profetas hablaron de él (1 Pe 1,10s.), lo que se dice del Siervo doliente en Isaías se ha realizado en Cristo, y así sucesivamente.
Pasando del Nuevo Testamento al tiempo de la Iglesia, advertimos dos usos distintos de esta nueva inteligencia de las Escrituras: uno de tipo apologético y uno de tipo teológico y espiritual; el primero, utilizado en el diálogo con los de fuera; el segundo, para la edificación de la comunidad. Con respecto a los judíos y a los herejes, con los que se tiene en común la Escritura, se componen los llamados testimonia, es decir, colecciones de frases o pasajes bíblicos que se deben aducir como prueba de la fe en Cristo. Sobre esto se basa, por ejemplo, el Diálogo con el judío Trifón, de san Justino, y muchos otros escritos.
El uso teológico y eclesial de la lectura espiritual empieza con Orígenes, considerado con justicia como el fundador de la exégesis cristiana. La riqueza y belleza de sus intuiciones, sobre el sentido espiritual de las Escrituras y sus aplicaciones prácticas, es inagotable. Crearán escuela tanto en Oriente como en Occidente, donde empieza a ser conocido en tiempos de Ambrosio. Junto con su riqueza y genialidad, la exégesis de Orígenes introduce también, sin embargo, en la tradición exegética de la Iglesia, un elemento negativo debido a su entusiasmo por el espiritualismo de cuño platónico. Tomemos la siguiente afirmación suya de método:
«No se debe creer que los hechos históricos son figuras de otros hechos históricos y las cosas corpóreas de otras cosas corpóreas, sino, más bien, que las cosas corpóreas son figuras de cosas espirituales y los hechos históricos de realidades inteligibles» [2].
De este modo, la correspondencia horizontal e histórica, propia del Nuevo Testamento, para la que un personaje, un hecho o una palabra del Antiguo Testamento es visto como profecía y figura (typos) de lo que se realiza en Cristo o en la iglesia, se sustituye con la perspectiva vertical, platónica, por la que un hecho histórico y visible, sea del Antiguo o del Nuevo Testamento, se convierte en símbolo de una idea universal y eterna. La relación entre profecía y realización tiende a cambiarse en la relación entre historia y espíritu [3].
2. Las Escrituras, piedras cuadrangulares
Mediante Ambrosio y otros que tradujeron sus obras al latín, el método y los contenidos de Orígenes entran a manos llenas en las venas de la cristiandad latina y seguirán discurriendo durante toda la Edad Media. ¿Cuál fue, entonces, en la explicación de la Escritura, la contribución de los latinos? Podemos encerrar la respuesta en una palabra que es la que mejor expresa su genio propio: ¡organización!
A la aportación de Orígenes se añade, es cierto, la aportación no menos creativa y audaz de otro genio, el de Agustín que enriquecerá de intuiciones y aplicaciones nuevas y atrevidas la lectura de la Biblia. Pero no se sitúa en esta línea la aportación más significativa de los Padres latinos, es decir, en el descubrimiento de significados nuevos y recónditos la palabra de Dios, sino en la sistematización del inmenso material exegético que se venía acumulando en la Iglesia, en el trazado de una especie de mapa para orientarse en su utilización.
Este esfuerzo organizativo —empezando con Agustín—, fue llevado a su forma definitiva por Gregorio Magno y consiste en la doctrina del cuádruple sentido de la Escritura. En este campo es considerado «uno de los principales iniciadores y de los máximos patrones de la doctrina medieval de los cuatro sentidos», hasta el punto de que se puede hablar de la Edad Media como de la «época gregoriana» [4].
La doctrina de los cuatro sentidos de la Escritura es una parrilla, un modo de organizar las explicaciones de un texto bíblico o de una realidad de la historia de la salvación, distinguiendo en ellos cuatro campos o niveles distintos de aplicación: 1. El nivel literal e histórico; 2. El nivel alegórico (hoy se prefiere llamarlo tipológico) referido a la fe en Cristo; 3. El nivel moral, es decir, en referencia al obrar del cristiano; 4. El nivel escatológico, que se refiere al cumplimiento final en el cielo. Escribe Gregorio:
«Las palabras de la Sagrada Escritura son piedras cuadrangulares [...]. En cada acontecimiento del pasado que cuentan [sentido literal], en cada cosa futura que anuncian [sentido anagógico], en cada deber moral que predican [sentido moral], en cada realidad espiritual que proclaman [sentido alegórico o cristológico], por cada lado se tienen en pie y son irreprochables» [5].
En la Edad Media fue compuesto un célebre dístico que resume esta doctrina: Littera gesta docet, quid credas allegoria. / Moralis, quid agas; quo tendas anagogia. «La letra te enseña lo ocurrido; lo que debes creer, la alegoría. / La moral, qué hacer; adónde tender, la anagogía». Quizá la aplicación más clara de este esquema se tiene a propósito de la Pascua. Según la letra o la historia, la Pascua es el rito que los judíos llevaron a cabo en Egipto; según la alegoría, en referencia a la fe, indica la inmolación de Cristo, verdadero cordero pascual; según la moral, indica el paso de los vicios a las virtudes, del pecado a la santidad; según la anagogía o la escatología, indica el paso de las cosas de aquí abajo a las de arriba, o también la Pascua eterna que se celebrará en el cielo.
No se trata de un esquema rígido y mecánico, sino dúctil y susceptible de infinitas variaciones, a partir del orden en que se enumeran los distintos sentidos. He aquí un texto de Gregorio en el que se ve la libertad con la que él mismo utiliza el esquema del cuádruple sentido y cómo con él sabe sacar armonías múltiples de la Escritura. Comentando la imagen de Ezequiel 2, 10, en el rollo «escrito dentro y fuera» («intus et foris», según la Vulgata), dice:
«El rollo de la palabra de Dios está escrito dentro, mediante la alegoría; fuera, mediante la historia. Dentro, mediante inteligencia espiritual; fuera, mediante el simple sentido literal, adaptado a los espíritus todavía débiles. Dentro, porque promete los bienes invisibles; fuera, porque establece el orden de las cosas visibles con la rectitud de sus preceptos. Dentro, porque otorga la seguridad de los bienes celestes; fuera, porque enseña cómo utilizar los bienes terrenos, o como sustraerse a su atractivo» [6].
3. Porque aún necesitamos a los Padres para leer la Biblia
¿Qué podemos considerar sobre este modo tan libre y audaz de situarse ante la palabra de Dios? Incluso un admirador de la exégesis patrística y medieval como el padre De Lubac admite que no podemos ni volver a ella, ni imitarla mecánicamente en nuestro tiempo [7]. Sería una operación artificial, condenada al fracaso porque nos faltan los presupuestos de los que partían, el universo espiritual en el que se movían.
Gregorio Magno y los Padres en general acertaban en el punto fundamental: que hay que leer las Escrituras en referencia a Cristo y a la Iglesia. Lo hacían ya, antes de ellos, como hemos visto, Jesús y los apóstoles. La parte obsoleta de su exégesis está en haber creído que podían aplicar este criterio a cada palabra de la Biblia, de manera muy a menudo fantasiosa, empujando el simbolismo (por ejemplo, el de los números) a excesos que hoy nos hacen sonreír a veces.
Podemos estar seguros, nota De Lubac, que si vivieran hoy, serían los más entusiastas en utilizar los recursos críticos puestos a disposición por el progreso de los estudios. Orígenes desarrolló un trabajo titánico en su tiempo, desde este punto de vista, al procurarse, y comparar entre sí y con el texto judío, las diversas traducciones griegas existentes de la Biblia (la Hexapla) y Agustín no dudaba en corregir algunas de sus explicaciones a la luz de la nueva versión de la Biblia que iba haciendo Jerónimo [8].
¿Qué sigue siendo válido de la herencia de los Padres en este campo? Quizá aquí, más que en otros lugares, tienen una palabra decisiva que decir a la Iglesia de hoy, y que debemos tratar de descubrir. ¿Qué caracteriza la lectura de la Biblia de los Padres, más allá de sus ingeniosas alegorías y atrevidas aplicaciones, más allá de la misma doctrina de los cuatro sentidos de la Escritura? Queda que es de arriba a abajo y en cada punto suyo una lectura de fe: partía de la fe y llevaba a la fe. Todas sus distinciones entre lectura histórica, alegórica, moral y escatológica se reducen hoy a una sola distinción: la que existe entre una lectura de fe de la Escritura y una lectura carente de fe, o al menos carente de una cierta cualidad de fe.
Dejemos aparte a los estudiosos de la Biblia no creyentes que he recordado al comienzo, para los cuales es sólo un libro interesante, pero sólo humano. La distinción que quisiera evidenciar es más sutil y pasa entre los mismos creyentes. Es la distinción entre una lectura personal y una lectura impersonal de la palabra de Dios. Y trato de explicar lo que quiero decir. Los Padres se acercaban a la palabra de Dios con una pregunta constante: ¿qué dice, ahora y aquí, a la Iglesia y a mí personalmente? Estaban convencidos de que —aparte de la realidad de los hechos que atestigua, las verdades de fe que propone a todos indistintamente para creer, los deberes que indica que hay que realizar y las cosas que hay que esperar (¡los famosos cuatro sentidos!)— siempre tiene nuevas luces que irradiar y nuevas tareas que mostrar personalmente a cada uno.
«Toda la Escritura, está escrito, está inspirada por Dios» (2 Tm 3,16). La expresión se traduce como «inspirada por Dios», o «divinamente inspirada», en la lengua original, es una palabra única, theopneustos, que contiene juntos los dos vocablos, Dios (Theos) y Espíritu (Pneuma). Dicha palabra tiene dos significados fundamentales. El significado más conocido es el pasivo, puesto de manifiesto en todas las traducciones modernas: la Escritura está «inspirada por Dios». Otro pasaje del Nuevo Testamento explica así este significado: «Movidos por el Espíritu Santo hablaron esos hombres (los profetas) de parte de Dios» (2 Pe 1,21). Es, en definitiva, la doctrina clásica de la inspiración divina de la Escritura, la que proclamamos como artículo de fe en el Credo, cuando decimos que el Espíritu Santo es quien «ha hablado por medio de los profetas».
Sobre la inspiración bíblica se subraya, normalmente, casi sólo un efecto: la inerrancia bíblica, es decir, el hecho de que la Biblia no contiene ningún error (si entendemos «error», correctamente, como ausencia de una verdad posible humanamente, en un determinado contexto cultural y, por tanto, exigible por parte de quien escribe). Pero la inspiración bíblica se basa en mucho más que la simple inerrancia de la palabra de Dios (que es algo negativo); se basa, positivamente, en la inagotabilidad, en su fuerza y vitalidad divina. La Escritura, decía san Ambrosio, es theopneustos no sólo porque está «inspirada por Dios», sino también porque es «inspirante de Dios», porque inspira Dios [9]. ¡Ahora inspira Dios!
«A qué se puede comparar la palabra de la Sagrada Escritura —escribe san Gregorio— si no a una piedra de pedernal, es decir, en la que está escondido el fuego? Es fría si se tiene sólo en la mano, pero golpeada por el hierro, desprende chispas y emite fuego» [10].
La Escritura no contiene sólo el pensamiento de Dios fijado una vez para siempre; contiene también el corazón de Dios y su viva voluntad que te indica lo que quiere de ti en un momento determinado, y quizás sólo de ti. La constitución conciliar Dei Verbum recoge también este filón de la tradición cuando dice que «las Sagradas Escrituras inspiradas por Dios [¡inspiración pasiva!»] y redactadas una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra de Dios mismo y hacen resonar en las palabras de los profetas y de los apóstoles la voz del Espíritu Santo [¡inspiración activa!»]» [11]. No se trata, pues, sólo de leer la palabra de Dios, sino también de hacerse leer por ella; no sólo de escrutar las Escrituras, sino dejarse escrutar por las Escrituras. Se trata de no acercarse a ellas como en un tiempo los bomberos entraban entre las llamas, es decir, con trajes de amianto encima que les hacían pasar indemnes a través de ellas.
Retomando la imagen de Santiago, muchos Padres, entre los cuales se encuentra nuestro Gregorio Magno, comparan la Escritura con un espejo [12]. ¿Qué decir de uno que pasara todo el tiempo examinando la forma y el material del que está hecho el espejo, la época a la que se remonta y muchos otros detalles, pero no se mirara nunca en el espejo? Así hace quien pasara el tiempo resolviendo todos los problemas críticos que plantea la Escritura, las fuentes, los géneros literarios, etc., pero no se mira nunca en el espejo, o mejor no permite nunca que el espejo le mire y escrute a fondo, hasta el punto donde se dividen las junturas de la médula. Lo más importante, sobre la Escritura, no es resolver sus puntos oscuros, sino ¡poner en práctica los claros! Ella, dice también nuestro Gregorio, «se entiende haciéndola» [13].
Una fe fuerte en la palabra de Dios no es sólo indispensable para la vida espiritual del cristiano, sino también para cualquier forma de evangelización. Hay dos maneras de preparar una predicación o un anuncio cualquiera de fe, oral o escrito. Yo puedo antes sentarme a la mesa y elegir yo mismo la palabra a anunciar y el tema a desarrollar, basándome en mis conocimientos, mis preferencias, etc., y luego, una vez preparado el discurso, ponerme de rodillas para pedir apresuradamente a Dios que bendiga lo que he escrito y dé eficacia a mis palabras. Es ya algo bueno, pero no es la vía profética. Hay que seguir el orden inverso: primero de rodillas, luego a la mesa.
Hay que partir de la certeza de fe de que, en cualquier circunstancia, el Señor resucitado tiene en el corazón una palabra suya que desea hacer llegar a su pueblo. Y él no deja de revelarla a su ministro, si humildemente y con insistencia se la pide. Al principio se trata de un movimiento casi imperceptible del corazón: una pequeña luz que se enciende en la mente, una palabra de la Biblia que empieza a atraer la atención y que ilumina una situación. Realmente «la más pequeña de todas las semillas», pero a continuación te das cuenta de que dentro estaba todo; había un trueno que hace pedazos los cedros del Líbano. Después te pones a la mesa, abres tus libros, consultas tus notas, consultas a los Padres de la Iglesia, a los maestros, a los poetas… Pero ya es algo muy distinto. Ya no es la Palabra de Dios al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la Palabra de Dios.
Orígenes describe bien el proceso que lleva a este descubrimiento. Antes de encontrar en la Escritura el alimento —decía— es necesario soportar una cierta «pobreza de los sentidos; el alma está rodeada de oscuridad por todos lados, se topa con caminos sin salida. Hasta que, de repente, tras laboriosa búsqueda y oración, he aquí que resuena la voz del Verbo y enseguida algo se ilumina; a quien la buscaba le sale al encuentro «saltando sobre las montañas y brincando sobre las colinas» (cf. Cant 2,8), es decir abriéndole la mente para recibir una palabra suya fuerte y luminosa [14]. Grande es la alegría que acompaña a este momento. Hacía decir a Jeremías: «Cuando tus palabras me vinieron al encuentro, las devoré con avidez; tu palabra fue la alegría y el entusiasmo de mi corazón» (Jer 15, 16).
Normalmente, la respuesta de Dios llega en forma de una palabra de la Escritura que, sin embargo, en ese momento revela su extraordinaria pertinencia a la situación y al problema que se debe tratar, como si hubiera sido escrita especialmente para ella. Actuando así, él habla, de hecho, «como con palabras de Dios». Este método vale siempre: para los grandes documentos, para las lecciones que tendrá el maestro con sus novicios, para la docta conferencia, para la humilde homilía dominical.
Todos nosotros hemos experimentado lo que puede hacer una sola palabra de Dios profundamente creída y vivida primero por quien la pronuncia y a veces incluso sin saberlo; a menudo se debe constatar que, entre muchas otras palabras, fue la que tocó el corazón y condujo a más de un oyente al confesionario. La experiencia humana, las imágenes, las historias vividas, nada de todo esto está excluido de la predicación evangélica, pero debe estar sometido a la palabra de Dios que debe descollar sobre todo. Nos lo ha recordado el Santo Padre en las páginas dedicadas a la homilía en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, y es casi presuntuoso por mi parte pensar que puedo añadir algo.
Quiero terminar esta meditación con un pensamiento de gratitud a los hermanos judíos, también como augurio para la próxima visita del Santo Padre a Israel. Si nos separa de ellos la interpretación que damos de las Escrituras, nos une el común amor hacia ellas. En el museo de Tel Aviv hay una pintura de Reuben Rubin en la que se ven rabinos que estrechan, unos al pecho y otros a la mejilla, los rollos de la palabra de Dios, y los besan como se besa a la propia esposa. Con los hermanos judíos es posible algo parecido a lo que es el ecumenismo espiritual entre cristianos, es decir, un poner juntos, en un clima de diálogo y de estima mutua, lo que nos une, sin ignorar o esconder lo que nos separa. No podemos olvidar que de ellos hemos recibido las dos cosas más valiosas que tenemos en la vida: Jesús y las Escrituras.
También este año, la Pascua judía cae en la misma semana que la cristiana. Nos deseamos y les deseamos Feliz Pascua, Santo y feliz Pesach.


© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
NOTAS
[1] Paul Claudel, L’épée et le miroir: Les sept douleurs de la Sainte Vierge , Paris: Gallimard, 1939), 74-75.
[2] ORÍGENES, Comentario a Juan, 10, 110: GCS, Orígenes vol. 4, p. 189).
[3] Cf. H. DE LUBAC, Histoire et Esprit. L’intelligence de l’Ecriture d’après Origène (Aubier, Paris 1950) [trad. it. Storia y Spirito. La comprensione della Scritura secondo Origene (Edicioni Paoline, Roma 1971)].
[4] H. DE LUBAC, Exegèse Mèdiévale. Les quatre sens de l’Ecriture (Aubier, París 1959) vol. I,1, p. 189; vol. I,2, p. 537.
[5] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, II, IX, 8.
[6] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, I, IX, 30.
[7] H. DE LUBAC, Storia e spirito, 629ss.
[8] Lo hace por ejemplo a propósito del significado de la palabra «pascua», en Enarrationes in Psalmos 120,6: CCL 40,1791.
[9] AMBROSIO, De Spiritu Sancto, III, 112.
[10] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, II,10,1.
[11] Dei Verbum, n. 21.
[12] GREGORIO MAGNO, Moralia, I, 2, 1: PL 75,553D.
[13] Ib., I, 10,31.
[14] Cf. ORÍGENES, In Mt Ser., 38: GCS (1933) 7; In Cant., 3: GCS (1925) 202.

Fuente: religionenlibertad.com

Mons. Guido Marini confirmado en su cargo

 

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El Papa ha confirmado Mons. Guido Marini como maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias. Nacido hace 49 años en Génova, monseñor. Guido Marini fue nombrado para este cargo por el Papa Benedicto XVI en octubre de 2007.

Fuente: Radio Vaticana.

Las ventajas de saber latín y griego

 

 

El conocimiento, aunque sólo sea mediano, del griego y el latín nos abre innumerables puertas en la vida cultural. A San Agustín se atribuye, profusamente, la frase “Ama y haz lo que quieras”, y se da por hecho que la versión original es “ama et quod vis fac”. Esta formulación ha desquiciado la idea original y causado no leves malentendidos. El genio del obispo de Hipona les salió al paso escribiendo: «Dilige et quod vis fac», ama con el amor expresado por el término “dilectio” ‒amor oblativo, generoso‒, y lo que quieras hazlo tranquilo, pues amando de este modo no puedes sino hacer el bien. («Dilige, et non potes nisi bene facere»). Esta matización es ineludible, y se puede hacer con un conocimiento somero del latín.
Te maravillan las armonías de la polifonía romana, con el genial italiano Pierluigi da Palestrina y el insigne español Tomás Luis de Victoria. Pero, si no captas el texto latino, con su peculiar expresividad, no entrarás en el reino de lo sublime en que ellos se movían. Algo semejante, pero todavía más relevante si cabe, podemos decir de las cantatas barrocas de Schütz y Bustehude, y las grandes misas de Bach, Mozart y Beethoven. No es suficiente leer una traducción del texto, pues las traducciones no suelen reflejar la musicalidad del original. Hay que percibir el sorprendente valor expresivo del conjunto de música y texto. Oye atentamente el Agnus dei de la Missa solemnis de Beethoven y verás la vibración que adquieren los distintos vocablos del texto: agnus, tollis, miserere… No puedes figurarte en qué medida crecería tu gozo si pudieras advertir cómo se complementan el texto y la melodía en todo tipo de música desbordante de sentido.
Te gusta viajar y conocer ciudades y monumentos. Pero, de pronto, te encuentras con una lápida a la entrada de un edificio notable, y en ella figuran estas dos palabras con caracteres destacados: Siste viator (párate, caminante). Si no sabes latín, prosigues la marcha. Pero justamente lo que se te pedía era que te parases, para comunicarte un mensaje muy significativo. Entras en Madrid por la famosa Puerta de Hierro, y al llegar a la Moncloa te recibe un gran arco de triunfo, presidido por una cuadriga victoriosa. Debajo de ella figura una inscripción: Hic victricibus armis… Si la sabes leer, te enteras de lo que sucedió en ese lugar en un momento decisivo de la historia de la capital y de toda España. Y se ensancha tu horizonte espiritual de visitante.
Vete a Roma, contempla los diversos arcos de triunfo, memorial perenne del imponente imperio romano. Si no entiendes las inscripciones, verás la ciudad a lo largo y a lo ancho, pero no a lo profundo. Tu mirada se quedará a las puertas de la gran cultura. Esas puertas te las hubiera abierto el conocimiento del latín.
Elevémonos a las cimas del pensamiento y supongamos que te gusta penetrar en la historia de las ideas que determinaron la marcha de la humanidad hasta el día de hoy. Te verás frenado penosamente si, por desconocer el latín, no puedes adentrarte en el mundo intelectual de mentes privilegiadas -juristas, filósofos, científicos, historiadores, literatos…-, como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Ockam, Descartes, Copérnico, Leibniz, Francisco de Vitoria, Francisco Suárez… ¿Qué puede saber de primera mano sobre la Edad antigua, la Media y la Moderna de España –al menos hasta el siglo XVIII‒ el que no conoce el latín? ¿Cómo puede un filósofo del derecho sumergirse en ese monumento de sabiduría y gloria de España que es el Corpus hispanorum de pace si no tiene un conocimiento siquiera mediano del latín eclesiástico?
Los hispanohablantes venimos del latín y del griego. No conocerlos es ignorar nuestro origen y quedarnos en buena medida sin raíces. La pérdida que esto significa para nuestra vida intelectual resalta cuando estudiamos el origen de nuestros vocablos españoles, es decir, su etimología. Es una delicia analizar, por ejemplo, la palabra "autoridad" y descubrir que procede del verbo latino augere, que significa promocionar, aumentar. Tiene autoridad, aunque no disponga de mando, el que, con sus indicaciones y pautas de conducta, nos enriquece en uno u otro aspecto y nos eleva a niveles de mayor calidad. Por eso el que ejerce la autoridad, vista de esta forma, no irrita; suscita agradecimiento.
Conocer la etimología de las palabras de nuestro idioma es una deliciosa fuente de sabiduría, pues nos permite ahondar en nuestras raíces espirituales. Si sabemos que “recordar” se deriva del sustantivo latino “cor” (corazón) y significa “volver a pasar por el corazón” ‒es decir, traer de nuevo a la existencia‒, descubrimos un hecho de suma importancia: que la memoria no se reduce a un mero almacenaje de datos, antes presenta un carácter eminentemente creativo. Al enterarnos de que el vocablo “generosidad” procede del verbo latino “generare” (generar, engendrar, promover), cobramos una idea lúcida de la fecundidad de este concepto decisivo. Es generoso el que da vida, el que la incrementa y lleva a plenitud. Si quieres conocer a fondo el significado de la fidelidad, te basta descubrir que está emparentado con los términos fe, fiable, confianza, confidencia que se apoyan en la misma raíz latina fid, y, bien articulados entre sí, hacen posible el encuentro, que ‒como sabemos‒ constituye uno de los ejes decisivos de nuestro desarrollo personal. Sin esta clarificación radical podemos merodear largo tiempo en torno al secreto de nuestro crecimiento como personas y no adentrarnos nunca en él.
En un nivel más sencillo, pero también harto significativo, el conocimiento del latín y el griego nos descubre el origen etimológico de numerosos vocablos científicos, el significado exacto de diversos lemas jurídicos –compendio del inmenso legado romano –, y nos podría liberar del bochorno de observar que multitud de compatriotas repiten, impávidos, el término "Sanítas" (bien acentuado en la í) para designar una conocida Sociedad sanitaria. De tal manera se ha generalizado el pronunciar mal las palabras latinas que uno tiene reparo en pronunciarlas bien en público, por temor a ser tachado de sujeto poco enterado, es decir, paleto.
Cuando uno observa cómo personas de todos los niveles dicen y escriben, por ejemplo, «contra natura» -sin una m al final-, «urbi et orbe» -cambiando la i final por una e-, «manu militare» -insistiendo en el mismo error-, «mutatis mutandi» -comiéndose la s final-..., se sonroja y ruega que, si no se estudia latín, se lo olvide al menos del todo. Hablar y escribir en latín no es obligatorio, pero, de hacerlo, lo decoroso es hacerlo bien.
Lo grave es que quienes desconocen el latín y el griego no saben lo que se pierden, pues no acceden a los mundos que ellas nos abren. El que ignora las lenguas clásicas conoce el español muy a medias, aunque sea doctor en lenguas románicas, y corre riesgo de vivir también a medias como persona, porque el lenguaje da cuerpo expresivo a la trama de realidades e interrelaciones que constituye la vida plena del ser humano. No tiene, en consecuencia, sentido afirmar que el latín y el griego son lenguas muertas. Perviven en el lenguaje –que es nuestro “elemento vital” por excelencia, pues en él accedemos al mundo del sentido‒ y, derivadamente, en multitud de documentos decisivos para la cultura. Vas al puente de Alcántara, vecino a Portugal, y, si no sabes latín, no puedes recibir el mensaje que te trasmiten quienes erigieron esa obra de arte sobrecogedora, al escribir “ars ubi natura vincitur ipsa sua”; lema que viene a decir: he aquí el arte que vence a la naturaleza con sus propios medios.
Los reformadores de los planes de estudio debieran tener todo esto muy en cuenta. Se afirma, a menudo, que debemos primar lo actual sobre lo antiguo, entendido superficialmente como lo pasado. Se olvida que, según la Filosofía de la historia, somos creativos en el presente cuando asumimos activamente las posibilidades que cada generación del pasado ha ido entregando a las siguientes. Esa entrega se dice en latín traditio. De ahí que la tradición no sea un peso muerto que gravita sobre los hombres del presente; es un legado que impulsa su actividad creativa. Si no acogemos creadoramente la tradición, no podemos configurar el futuro. Además, todo lo relativo al lenguaje merece ser cuidadosamente cultivado, porque la Antropología filosófica nos enseña que el lenguaje es el vehículo viviente de la creatividad humana. Al hacer quiebra el lenguaje, se quebranta la creatividad.
Una vez dicho esto, he de indicar con la misma firmeza que es ineludible mejorar las formas de enseñanza del griego y el latín. Someter a todos los estudiantes al estudio prematuro de los grandes clásicos puede convertirse en un tormento, en vez de constituir una delicia. Hay que precisar bien qué tipo de latín y de griego van a necesitar los futuros profesionales e introducirlos, de modo sugestivo, en los textos correspondientes. Los alumnos más sensibles se dejarán prender por el encanto de esta lengua y se abrirán al estudio de sus clásicos: Cum subit illius tristíssima noctis imago… La configuración de este método exige un tratamiento pormenorizado que aquí no puedo ni siquiera pespuntear. Pero colaboraría gustosamente a ello si fuera requerido.

Alfonso López Quintás

27/10/2013

Música y oración

 

 

Estimados amigos,

El próximo martes santo 15 de abril, a las 20.30hs, tendrá lugar la primera sesión del Ciclo “Música y Oración” 2014, que organiza en forma conjunta el Arzobispado de La Plata y la Fundación Catedral.

El ensamble musical “Cappella del Plata”, dirigido por Sergio Casanovas, interpretará un Concerto Spirituale per la Senttimana Santa,compuesto por obras de los compositores: D. Mazzocchi, T. Merula, G. Frescobaldi, G. F. Sances, B. Ferrari, C. Monteverdi, G. Ballione, G. B. Ferrini y G. Carissimi. Todos ellos fueron compositores que desarrollaron parte de su actividad en Roma en el siglo XVII.

La sesión tendrá lugar en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (Av. 13 e/ 57 y 58). El ingreso es libre.

Esperamos contar con la grata presencia de cada uno de ustedes. Al mismo tiempo les hacemos llegar nuestros mejores deseos de una feliz Pascua.

Cordialmente,

Dra. Miriam Moralejo Ibáñez de Salaberren

Presidente Fundación Catedral