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domingo, 18 de mayo de 2014

5° Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad

 

NSC

A imitación de la Peregrinación Notre-Dame de Chrétienté (Francia), se realizará por quinta vez consecutiva en Argentina la Peregrinación Tradicionalista Nuestra Señora de la Cristiandad. La misma tiene una duración de tres días y tendrá lugar el 16, 17 y 18 de Agosto de 2014.

La Peregrinación comienza en la localidad de Rawson, pasa por Mercedes y termina en la Basílica de Luján. En cada uno de estos lugares, se celebrará la Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito Romano. La Misa de cierre en la Basílica será presidida nuevamente por Su Excelencia Reverendísima Monseñor Antonio Baseotto, Obispo emérito del Obispado Castrense.

Es sorprendente el gran interés de los más jóvenes por el rito antiguo de la Santa Misa. Muchos de ellos asisten con sus misales (o bien los de sus abuelas), quienes sin complicaciones pueden seguir fácilmente la práctica de la celebración. También asisten sacerdotes religiosos y diocesanos de distintas diócesis de nuestro país. Entre ellos estuvieron presentes, en años anteriores, los Frailes Franciscanos de la Inmaculada con varios jóvenes de la Parroquia Nuestra Señora de La Guardia. Así mismo esperamos que también esta vez puedan asistir.

Este año, lamentablemente, la Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad, vuelve a coincidir con la Jornada de Formación Católica de Paraná. Así, muchos de los fieles se encuentran en la disyuntiva de tener que escoger entre la una o la otra. Y si bien los organizadores de la Peregrinación nos informaron que tuvieron en cuenta la coincidencia de las fechas, afirmaron que no había posibilidades de cambiarla, ya que debían aprovechar el fin de semana largo.

Para participar  en la 5° Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad, los interesados deben contactarse con los organizadores para inscribirse. A continuación  dejamos las direcciones de contacto:

Facebook: Nuestra Señora de la Cristiandad

Blog: http://nscristiandad.wordpress.com/

 

 

Otros videos de peregrinaciones anteriores:

Juventutem Argentina

La destrucción de un Instituto

 

 

El de los Franciscanos de la Inmaculada era un instituto dinámico, misionero, con múltiples vocaciones, que celebraba la Liturgia en ambas formas del Rito Romano: ordinaria y extraordinaria. La intervención de Roma y el nombramiento de un comisario político-apostólico están a punto de destruir este hermoso proyecto vocacional.

Ante el clima irrespirable causado por el comisario, padre Volpi, entre 100 y 150 sacerdotes franciscanos de la Inmaculada, según recoge la web Rorate Caeli, habrían pedido a la Santa Sede la dispensa de sus votos pontificios y pasar a depender de obispos diocesanos.

Fuente: Rorate Caeli/Acción Litúrgica.

La disputa sobre los poderes del sínodo

 

Hay quien lo quiere como órgano supremo de gobierno de la Iglesia, una especie de "concilio permanente". Pero el Vaticano II lo ha excluido. Los cardenales Müller y Ruini explican por qué, según Ratzinger cardenal y Papa.

ROMA, 15 de mayo de 2014 – Los dos sínodos que están programados para el mes de octubre de este año y el programado para el año próximo suscitan una espera febril, no sólo con motivo del tema que se discutirá – la familia y en particular la "vexata quaestio" de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar –, sino también por las especulaciones que se hacen sobre su funcionamiento.

Ya se han introducido algunas novedades respecto a los sínodos anteriores:

 

Un sínodo tal como quiere Francisco

Pero se espera ampliamente que respecto a las novedades puedan presentarse otras y más sustanciales. Sobre la ola del propósito de Francisco de asociar una más efectiva colegialidad episcopal al primado papal en el gobierno de la Iglesia. 
Emblemáticas de esta espera son, por ejemplo, las propuestas de refuerzo del instituto sinodal avanzadas en la revista "Il Regno", de Enrico Morini, docente de historia e instituciones de la Iglesia ortodoxa en la universidad estatal de Boloña y en la facultad teológica de la Emilia Romana, presidente de la comisión para el ecumenismo de la arquidiócesis boloñesa:


Primazialità e collegialità

La propuesta de Morini está articulada de esta manera:
"Un primer punto está representado por la transformación del sínodo de los obispos, previsto por el motu proprio 'Apostolica sollicitudo' del papa Pablo VI, del 15 de setiembre de 1965, en una asamblea no sólo consultiva sino también deliberativa.
"El segundo punto está representado por la composición de este sínodo episcopal, que se convertiría en el supremo gobierno de la Iglesia latina (es decir, en términos que hoy se han tornado lamentablemente desusados, del patriarcado de Roma). Constituido por representantes de todas las conferencias episcopales nacionales y por todos los cardenales activos, deberían participar solamente obispos de rito latino: de hecho el órgano supremo de gobierno de la Iglesia universal, en el que participan los obispos de todos los ritos, es el concilio ecuménico. Pero entre tanto los temas previstos para la discusión podrían ser presentados contextualmente para que los examinen los sínodos de las Iglesias orientales católicas.
"El Sínodo de los obispos debería ser convocado por el Papa, quien lo preside personalmente, ordinariamente cada dos o también tres años. Toda reunión del sínodo episcopal debería representar por elección un consejo permanentemente de 12 obispos, todos cardenales, para ayudar al Papa en el gobierno ordinario de la Iglesia, constituyendo un 'sínodo permanente' equipado bajo la presidencia primacial del Papa, con poder de decisión, a ser convocado cada dos o tres meses y para renovar la posterior sesión del sínodo, reservando al Papa el derecho de veto en salvaguardia de su primacía".
En opinión de Morini, este refuerzo del rol del sínodo debería influir también en el mecanismo de elección del Papa.
Esta elección debería seguir esperando a los cardenales solos, en representación simbólica del clero romano, excluyendo a los patriarcas católicos orientales. Pero los electores llegarían a elegir al nuevo Papa entre los 12 componentes del consejo permanente del sínodo.
Comenta Morini:
"De este modo, el sínodo de los obispos, más que órgano de gobierno de la Iglesia latina, se convertiría también en una forma de pre-cónclave, eligiendo en su interior a esos 12 purpurados, constituyendo el 'sínodo permanente', que podrían ser de todos modos sustituidos o confirmados en la posterior sesión sinodal".

Pero contra ésa y otras análogas propuestas de refuerzo del sínodo se ha expresado el cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Lo hizo el 29 de abril, al presentar en Roma un volumen que recoge todas las intervenciones de Joseph Ratzinger, cardenal y Papa, respecto al instituto sinodal.
"El sínodo de los obispos – dijo Müller – no tiene una función sustitutiva o sub-rogativa, ni del Papa ni del colegio de los obispos". En consecuencia, "se comprende por qué tiene esencial y normalmente una función consultiva y no ante todo deliberativa".
Pero – agregó – el sínodo tampoco puede ser asimilado a un "concilio permanente" ni mucho menos sustituir a un concilio ecuménico:
"Por su naturaleza, el sínodo no puede convertirse en un organismo estable de gobierno de la Iglesia, dirigido por principios similares a los que regulan a muchas democracias o instituciones políticas. Como prueba de esto, se pone en evidencia que no es la mayoría, sino el 'consensus' que tiende a la unanimidad el que es efectivamente 'in ecclesia' el criterio fundamental con el que se toman decisiones, tanto en el sínodo como en toda otra asamblea eclesial eminente. […] Si no fuese así, no serían la verdad y la fe sino la política y los lobbies los que dominarían la génesis de las decisiones eclesiales".
Es fácil prever que esta exigencia de un consenso casi unánime se hará valer en el curso de los próximos sínodos contra quien quiera permitir el acceso a la comunión de los divorciados vueltos a casar, innovaciones que entre los cardenales tiene ya desde ahora sus partidarios aguerridos, pero que están lejos de alcanzar la unanimidad.

Además del cardenal Müller, en la presentación del volumen con los textos de Ratzinger respecto al sínodo intervino también el cardenal Camillo Ruini.
Éste se ha apoyado en un texto leído por Ratzinger en una reunión a puertas cerradas en el año 1983, hasta ayer muy poco conocido, muy claro y preciso al excluir la atribución al sínodo de poderes de gobierno propios de la Iglesia universal.
"De hecho – argumentó Ratzinger en esa ocasión – la suprema autoridad sobre toda la Iglesia, de la que goza el colegio [de los obispos] unido al Papa, según la doctrina del Vaticano II puede ser ejercida sólo de dos modos: en modo solemne en el concilio ecuménico o bien con una acción común de los obispos esparcidos por toda la tierra (Lumen gentium, 22)".
Pero el sínodo no es ni una cosa ni la otra. En consecuencia, aunque se le atribuyeran al sínodo poderes deliberativos, eso sólo sucedería por delegación del Papa.
No sólo eso. "Lo que vale para el sínodo vale igualmente para estructuras permanentes como la secretaría del sínodo o su consejo. Ellas, 'a fortiori', reciben su autoridad del Papa y sus actos no pueden ser definidos propiamente como colegiales".
A continuación presentamos el pasaje de la intervención del cardenal Ruini respecto a la posición de Ratzinger sobre los poderes del sínodo de los obispos.

 

EL SÍNODO SEGÚN RATZINGER
por Camillo Ruini

Me detengo en un texto de Joseph Ratzinger, el informe sobre la naturaleza, propósitos y métodos del sínodo de los obispos, presentado por él en la reunión del consejo de la secretaría del sínodo celebrada desde el 26 al 30 de abril de 1983, en vista del sínodo extraordinario de 1985 a los veinte años del Vaticano II.
Ante todo, Ratzinger examina con precisión el sínodo de los obispos tal como está configurado en el nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado el 25 de enero de 1983. El suyo es un análisis jurídico pero también teológico, y de la comparación entre estos dos tipos de acercamiento emergen indicaciones muy importantes.
Teológicamente, el sínodo está vinculado con la doctrina de la colegialidad, que a su vez está íntimamente conectada con la responsabilidad de la Iglesia respecto al mundo.
Bajo el perfil jurídico el sínodo depende estrechamente de la autoridad del Papa, sea cuando lo ayuda con sus consejos o bien cuando, por delegación papal, es decir por participación de autoridad concedida por el Papa, expresa en ciertos casos un voto deliberativo.
Esta dicotomía entre el “lugar” jurídico y el “lugar” teológico y pastoral del sínodo parece derivar de la naturaleza de la autoridad del colegio de los obispos. En efecto, la suprema autoridad sobre toda la Iglesia, de la que goza el colegio unido al Papa, según la doctrina del Vaticano II puede ser ejercitada sólo de dos modos: en modo solemne en el concilio ecuménico o bien con una acción común de los obispos esparcidos por toda la tierra (Lumen gentium, 22).
Según la tradición católica, tanto oriental como occidental, no se puede concebir que los obispos puedan conceder y delegar a algunos obispos elegidos por ellos esta facultad participativa en el gobierno de la Iglesia universal. El motivo es la naturaleza eclesiológica del colegio de los obispos, la cual no reside en la posibilidad de constituir por delegación el gobierno central de la Iglesia, sino más bien en la verdad que la Iglesia es un cuerpo vivo, que se edifica con células vivas.
Por lo tanto, los obispos son partícipes del gobierno de la Iglesia universal mediante el cuidado de una determinada Iglesia particular, en la que toda la Iglesia está presente, razón por la cual la vida de la misma Iglesia particular constituye, a su modo, toda la estructura orgánica de la Iglesia.
A causa de esta razón de fondo, el sínodo de los obispos, que no es el concilio ecuménico ni un acto de todos los obispos esparcidos en el mundo, jurídicamente no parece poder constituirse si no es en relación con el oficio del Papa. Pero teológicamente, y según su envergadura pastoral, el sínodo tiene la tarea de favorecer el enlace entre el Papa y el colegio de los obispos.

En la segunda parte de su informe el cardenal Ratzinger examina las cuestiones que ya entonces se planteaban de reforma del sínodo de los obispos, calificando modestamente sus evaluaciones y propuestas como “opiniones personales”.
Ante todo, observa que para muchos el remedio más simple y eficaz para eliminar las frustraciones reiteradas en el sínodo parece consistir en la concesión habitual, y no sólo ocasional, del voto deliberativo.
Pero no comparte esta propuesta, en primer lugar por el motivo teológico ya expuesto: el voto deliberativo se referiría a la autoridad papal, sería entonces una delegación del Papa, “y no podría ser definido en absoluto como acto colegial”. En esta forma el voto deliberativo no está excluido sino que están delimitados exactamente su alcance y su significado.
Esto que vale para el sínodo de los obispos vale igualmente para estructuras permanentes como la secretaría del sínodo o su consejo. Ellas, 'a fortiori', reciben su autoridad del Papa y sus actos no pueden ser definidos propiamente como colegiales. Todo esto no quita, precisa Ratzinger, que el sínodo de los obispos retorne con otro título a la colegialidad, en cuanto favorece la “reciprocidad”, a la unión y la compenetración recíproca entre el Papa, que es ante todo obispo de la Iglesia particular de Roma, y los otros obispos con sus Iglesias particulares.
Otra observación del cardenal Ratzinger que me parece muy importante es aquélla según la cual, en el gobierno de la Iglesia, si se quiere hacer demasiado se termina resistiendo a la guía del Espíritu Santo, oponiendo nuestras obras a sus dones y obstaculizando el tiempo de la maduración y de una tranquila evolución. Muchas veces la actividad malsana es una búsqueda de justificación por medio de las propias obras, que hace olvidar la profunda verdad de la parábola evangélica de la semilla que despunta y crece a espaldas de aquél que la ha sembrado (Mc 4, 26-28).
En cuanto a la libertad que debe justamente caracterizar la discusión en el sínodo de los obispos, Ratzinger nota en primer lugar que, evidentemente, no se puede poner en duda la fe de la Iglesia, pero lo que sí se puede hacer es interrogarse respecto a las expresiones – no sólo verbales, sino reales en varias formas – adecuadas de la fe y respecto al mundo en el que la fe se puede explicar, madurar y profundizar.
Además, los documentos del sumo pontífice que tratan auténticamente, aunque no infaliblemente, materias de fe, no pueden ser objeto de discusión sinodal, porque la autoridad del sínodo proviene de la del Papa.
Y tampoco el concilio ecuménico tiene autoridad alguna opuesta a la de su jefe. Pero es obvio que se puede preguntar en qué forma, de la doctrina presente en esos documentos, se puede dar una mejor explicación y una más profunda exposición, sin alterar el contenido.
Diferente es el caso de los documentos de las Congregaciones romanas aprobados por el Papa sólo en forma simple: no parece excluir que sean discutidos en el sínodo de los obispos, consejo supremo que favorece “la estrecha unión entre el romano pontífice y los obispos” (can. 342).
Respecto al método de trabajo – hace notar Ratzinger – lamentablemente se tiene la impresión de asistir a una serie de discursos preparados en forma anticipada, carentes de verdaderos elementos de discusión, con una exposición bastante genérica y desarticulada, que inevitablemente termina provocando un sentimiento de cansancio en los padres sinodales, que no ven en todo esto ningún progreso hacia la búsqueda de la verdad.
Para remediar esto Ratzinger excluye claramente las propuestas que querrían obligar a los miembros del sínodo a atenerse a las deliberaciones de las conferencias episcopales que los han elegido. En tal caso el debate sinodal sería de hecho todavía más desarticulado y no se podría arribar a conclusiones comunes, porque nadie podría derogar la línea de la que se habría hecho portador. Pero para una solución positiva del problema del método de trabajo, que remedie las carencias denunciadas, me parece que también en este texto del cardenal Ratzinger hay escasas indicaciones.
El cardenal reclama además la responsabilidad personal de los obispos que participan en el sínodo – no delegable a los expertos – y subraya cómo, a fin que su representación sacramental de las Iglesias particulares se convierta en representación real, es necesario que las mismas Iglesias particulares desarrollen un rol en la preparación y en la aplicación del sínodo, lo cual no debe ser vivido por ellas sólo como un momento de discusión y consejo, sino como una actitud espiritual y una realidad espiritual.
Contra la tendencia a hablar mucho y a vivir poco, hoy lamentablemente bastante difundida, siguen siendo decisivas las palabras de san Cipriano: “No decimos cosas grandes, sino que las vivimos” (De bono patientiae, 3). Efectivamente, por su naturaleza, la Iglesia no es un consejo o concilio permanentes sino una comunión, y el consejo debe servir a la comunión.
Por último, parece “estrictamente necesario”, afirma Ratzinger, que “a través del sínodo la voz de la Iglesia universal se eleve en la unidad y en la fuerza de la unidad sobre los grandes problemas de nuestro tiempo”.
Para no hacer demasiado compleja mi intervención he dejado de lado otras varias observaciones que el cardenal Ratzinger hace en este informe de 1983, pero que también siguen siendo actuales también hoy.
Termino con una referencia a los dos sínodos que se celebrarán en el otoño del corriente año y en el próximo. Pienso que el informe de Ratzinger sobre la naturaleza, propósitos y métodos del sínodo de los obispos puede ser de gran ayuda para el feliz éxito de estos dos importantísimos sínodos.

Fuente: Sandro Magister.

El Papa a directores de la ONU: Los niños por nacer son «nuestros hermanos y hermanas»

 

 

La funcionaria de derechos humanos de mayor rango en la ONU, Navi Pillay, miraba hacia abajo y estaba inquieta mientras el Papa Francisco daba un mensaje provida sin ambigüedades al secretario general Ban Ki-moon y a altos funcionarios de la ONU. Los niños por nacer son «nuestros hermanos y hermanas», dijo el papa Francisco a Pillay y a sus colegas reunidos en Roma para una reunión de coordinación.

La oficina de Pillay facilita la tarea de los comités de la ONU que hace poco dijeron al Vaticano que modifique la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto.

«Hoy, en concreto, la conciencia de la dignidad de cada hermano, cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural, debe llevarnos a compartir, con gratuidad total, los bienes que la providencia divina ha puesto en nuestras manos», exhortó el Papa.

El mensaje llega en un momento decisivo, cuando las Naciones Unidas debaten un nuevo plan de desarrollo para reemplazar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en 2015 y contribuir con la erradicación de la pobreza, con mejoras en la salud y con el desarrollo económico. La Asamblea General de la ONU está realizando consultas para reunir consenso sobre un esquema conocido como Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El Papa elogió los esfuerzos realizados hasta ahora por la ONU, aunque advirtió que muchos todavía están excluidos de los beneficios del progreso social y económico, entre ellos, los niños por nacer.

Denunció la injusticia de la «cultura de la muerte» y de la «cultura del descarte» de nuestro tiempo. Según el Pontífice, el aborto forma parte de esa cultura, junto con la «economía de la exclusión». Instó a los funcionarios de la ONU a rebatir estas injusticias mediante una «movilización ética mundial».

El progreso equitativo solo puede obtenerse mediante un «empeño solidario constante, acompañado de una gratuidad generosa y desinteresada a todos los niveles», les dijo.

El Papa Francisco asimismo pidió a los funcionarios que brindaran «adecuada protección a la familia» como «elemento esencial de cualquier desarrollo económico y social sostenibles».

La intercesión del Pontífice en favor de los niños por nacer y de la familia evoca las intervenciones de Juan Pablo II previas a una ambiciosa conferencia de la ONU sobre población y desarrollo en 1994, en la que los esfuerzos del gobierno de Clinton y de funcionarios de la ONU para conseguir que el aborto fuera reconocido como derecho humano fueron obstaculizados por el predecesor de Francisco.

Las negociaciones de la agenda de desarrollo post 2015 son el nuevo campo de batalla en el que se desarrolla un enfrentamiento similar.

El mensaje del papa Francisco tiene como objetivo evitar que la ONU apruebe el aborto incluso de manera indirecta con el pretexto de brindar salud materna o sexual y reproductiva.

Los países donantes que apoyan el aborto y los funcionarios de la ONU responsables ante ellos lo incluyen como componente indispensable de la salud materna y de la salud sexual y reproductiva. Las agrupaciones que ofrecen y promocionan el aborto aprovechan las ambigüedades en relación con él en políticas de la ONU para obtener fondos.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio canalizaron con éxito recursos para problemas específicos. Pero quedan pendientes muchas dificultades e incertidumbres al establecerse un nuevo conjunto de metas.

La agenda se ha extendido en mucho más de una docena de objetivos, metas e indicadores definidos a grandes rasgos. No existe acuerdo sobre detalles hasta el momento.

Los críticos temen que la agenda de desarrollo post 2015 se oriente lejos de la ayuda a los países pobres en su lucha contra la pobreza y las enfermedades, y se centre en objetivos universales inalcanzables en una amplia gama de cuestiones ambientales y sociales muy preciadas para los países ricos.

Fuente: CFam/InfoCatólica

Martiriomanía

 

 

Para el verdadero martirio se requieren tres cosas:

“1ª. Que se sufra verdaderamente la muerte corporal... 2ª. Que la muerte sea infligida en odio a la verdad cristiana. A la verdad de la fe cristiana pertenece no sólo la adhesión interna de la mente a las verdades reveladas, sino también la profesión externa, la cual se tiene no sólo con las palabras, sino con los hechos, con los cuales se demuestra la propia fe, y por esta razón todas las obras de las virtudes, en cuanto que se refieren a Dios, son de algún modo profesiones y testimonios de fe, en cuanto que por medio de la fe se nos da a conocer que Dios nos pide estas obras y nos premia por ellas y por esto pueden ser razón de martirio, ésta es la causa de que la Iglesia celebre el martirio de San Juan Bautista, el cual sufrió la muerte no por la fe, sino por combatir el adulterio, y el de Santa María Goretti, heroína de la pureza. Se requiere además que la muerte sea infligida por el enemigo de la fe divina o de la virtud cristiana... 3ª. Que la muerte haya sido aceptada voluntariamente.” (Palazzini)

Notemos que puede haber martirio no sólo por odio directo a la fe sino también por odio a una virtud cristiana. Pero el martirio, para que sea reconocido por la Iglesia, debe probarse:

En un proceso sobre martirio deberán investigarse la vida y las virtudes -o posibles defectos- del Siervo o de los Siervos de Dios (21), pero teniendo en cuenta que es necesario y suficiente probar el martirio en sus distintos aspectos (o, en otros términos, el martirio y su causa), es decir:

a) el martirio material, o sea la muerte real, producida de manera violenta (22);

b) el martirio formal: que esa muerte haya sido causada por odio a la fe, y que el mártir la haya aceptado por amor a la fe” (Gutiérrez)

_____________

(21) Es doctrina de la Iglesia que el martirio borra los pecados actuales en cuanto a la culpa y en cuanto a la pena. Por eso, en las causas sobre martirio se ha de probar éste y sólo éste, sin que haya de tenerse en cuenta si el Siervo de Dios fue antes pecador o no(cfr. BENEDICTO XIV, De Servorum.... cit. [nota 2), Lib. 1, cap. 28, n. 8; Lib. 1, cap. 29, nn. 1-2; Lib. m, cap. 15, nn. 7-19).

(22) Las ejecuciones públicas del pasado han dejado paso en el siglo XX a la clandestinidad, por lo que en bastantes casos la falta de testigos dificulta la prueba del martirio material.

Recordemos, además, que:

“En ocasiones no se presenta fácil la prueba por diversas causas, como pueden ser la dificultad de cerciorarse de la perseverancia hasta la muerte, o de la voluntad de sufrir el martirio como testimonio de fe, o de la causa real de la muerte según la intención de los ejecutores, incluso puede ser difícil encontrar testigos presenciales del hecho... Todo ello hace que sea una prueba no siempre sencilla.” (Royo Mejía).

Las precedentes consideraciones sirven para enjuiciar críticamente esta “manía” eclesial de encontrar mártires a granel. Un ejemplo reciente lo tenemos en las declaraciones del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, quien dijo que “…homicidio del padre Mugica fue un verdadero martirio. Mártir de veras por la causa de los pobres".

Quede claro que no hablamos de “manía” porque sea imposible que Mugica fuera un mártir. Por el contrario, es posible un martirio porque no se tiene en cuenta si el sujeto fue antes pecador, razón por la cual hasta un antipapa como San Hipólito pudo ser mártir. Además, consta por algunos testimonios que poco antes de morir Mugica rectificó algunos errores con la ayuda del p.Meinvielle. Pero se debe probar que hubo verdadero martirio, con todas las condiciones indicadas, y no un asesinato por motivos políticos. Luego, ¿cómo puede decir el cardenal Poli que el homicidio de Mugica fue un “verdadero martirio” si todavía no se sabe siquiera quién lo mató, ni se conoce el motivo del asesinato?

Fuente: InfoCaótica.