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miércoles, 22 de octubre de 2014

Es necesario resistir las tendencias heréticas

 

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El sentido de pecado cancelado: la idea de bien y mal abolida: la Ley Natural suprimida: cualquier referencia positiva al valor de la virginidad y de la castidad, abandonada. Con la relación presentada el 13 de octubre de 2014 al Sínodo de la Familia por el Card. Peter Erdö, la revolución sexual ha invadido ahora oficialmente la Iglesia, acarreando consecuencias devastadoras para las almas y para la sociedad misma.

La Relatio post disceptationem presentada por el Cardenal Erdö es la sinopsis de la primera semana de trabajo del Sínodo y es la que va a orientar sus conclusiones. La primera parte del documento intenta imponen (en un lenguaje que refleja lo peor del año 1968) el “cambio antropológico-cultural” en la sociedad como un “desafío” para la Iglesia. Confrontada con la imagen de la poligamia, para el “casamiento por etapas” africano tenemos ahora la“praxis de la cohabitación” de la sociedad occidental: el informe destaca un “extendido deseo de la familia”. No se presenta un solo elemento de evaluación moral.

Ante la amenaza del individualismo y del egoísmo individualista, el texto confronta el aspecto positivo de la“relacionalidad” considerada un bien en sí mismo, especialmente cuando tiende a transformarse en una relación estable (nn. 9-10). La Iglesia renuncia a pronunciar juicios de valor, pero “[ofrece] una significativa palabra de esperanza” (n. 11). De modo que un asombroso nuevo principio moral se formula: la “ley de la gradualidad”, que permite la apreciación de elementos positivos en todas las situaciones que hasta ahora la Iglesia había definido como pecaminosas.  El mal y el pecado realmente no existen. Solo existen “formas imperfectas del bien” (n.18) de acuerdo a la doctrina de los “niveles de comunión”, atribuida al Concilio Vaticano II. “Al advertir la necesidad, por lo tanto, de un discernimiento espiritual respecto a la cohabitación, a los matrimonios civiles y a las personas divorciadas y recasadas, es tarea de la Iglesia reconocer esas semillas de la Palabra que han caído más allá de los límites sacramentales visibles”.
La cuestión de los divorciados y recasados es el pretexto que introduce un principio que desmantela dos mil años de fe católica. Siguiendo la Gaudium et Spes “la Iglesia se vuelve con respeto hacia aquellos que están alejados de Su vida de un modo incompleto e imperfecto, y aprecia más los valores positivos que preservan que los límites y las faltas” (ibid). Lo que significa que cualquier tipo de condena moral colapsa, porque cualquier pecado, sea el que fuere, constituye una forma imperfecta de bien y un modo incompleto de ser parte de la Iglesia. “Al respecto, una nueva dimensión de la pastoral familiar consiste en aceptar la realidad de los casamientos civiles y también la cohabitación, teniendo en cuenta las debidas diferencias”. (n. 22). Y especialmente “cuando una unión alcanza un notable nivel de estabilidad por medio de un vínculo caracterizado por un afecto profundo, responsabilidad respecto de la descendencia y capacidad para sobrellevar las pruebas” (ibid).

Con esto, la doctrina de la Iglesia ha sido puesta patas para arriba. Conforme a dicha doctrina, estabilizarse en el pecado por medio del casamiento civil constituye un pecado mayor que una unión sexual ocasional y fugaz, puesto que esta dificulta menos un retorno al buen camino.

“Una nueva sensibilidad en la pastoral de hoy consiste en tomar las realidades positivas de los casamientos civiles y, señaladas las diferencias, de la cohabitación” (n. 36). Por lo tanto, la nueva práctica pastoral implica permanecer en silencio ante el mal, renunciar a la conversión del pecador y aceptar el statu quo como irreversible. Estas son las conductas que el informe denomina “elecciones pastorales valientes” (40).  La valentía, parece, consiste en no oponerse al mal sino adaptarse a él. Los pasajes dedicados a la aceptación de los homosexuales son los que parecen más escandalosos, pero están en coherencia lógica con los principios expuestos aquí. El hombre de la calle, inclusive, entiende que si es posible que los divorciados recasados puedan recibir los sacramentos, entonces todo lo demás está permitido, comenzando por el pseudo matrimonio homosexual.
Marco Politi en “Il Fato” (14 de octubre), enfatiza que nunca jamás una formulación de este tipo ha sido escrita en un documento de jerarquía eclesiástica: “Los homosexuales tienen dones y cualidades que ofrecer a la comunidad cristiana”.  Seguida de una pregunta a todos los obispos del mundo: “¿somos capaces de dar la bienvenida a esta gente, grarantizándoles un espacio fraternal en nuestras comunidades?” (n. 50).  Aunque sin comparar la uniones del mismo sexo con el matrimonio entre hombre y mujer, la Iglesia propone “elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y madurez humana y evangélica que integre la dimensión sexual” (n. 51). “Sin negar los problemas morales conectados con las uniones homosexuales se ha notado que hay casos en los que la ayuda mutua hasta el grado del sacrificio constituye un apoyo precioso en la vida de los miembros de la pareja” (n. 52). No se han hecho objeciones morales a la adopción de niños por parejas homosexuales: todo lo que se dijo fue “la Iglesia presta especial atención a los niños que vivien con parejas del mismo sexo, enfatizando que las necesidades y derechos de los pequeños deben tener siempre prioridad”. (ibid) En la conferencia de prensa, Mons. Bruno Forte inclusive manifestó su deseo de que “se codifiquen los derechos que deben ser garantizados a las personas que viven en uniones homosexuales”.

La palabras fulminantes de San Pablo: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros: ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones o avaros ni los borrachos ni los maledicentes, ni los que viven de la rapiña heredarán el Reino de los Cielos”. (I Cor, VI, 9) carecen de sentido alguno para los “malabaristas” de la nueva moralidad pansexual. Porque hay que aceptar las realidades positivas de lo que fueron alguna vez “pecados que claman al cielo”.(Catecismo de San Pío X). La moral de la prohibición debe ser sustituida por el diálogo y la misericordia, y el slogan del ’68 “prohibido prohibir” ha sido actualizado con la fórmula pastoral “nada puede ser condenado”. No caen solo dos mandamientos, el sexto y el noveno, que prohiben pensamientos y actos impuros fuera del matrimonio, pero también la idea de una moral, de un orden objetivo, natural y divino resumido en el decalogo también desaparece. Los actos intrísecamente ilícitos, la verdad y los valores morales, por los cuales uno ha de estar dispuesto inclusive a dar la vida (n. 51 y n. 94) (como se define en la encíclica Veritatis Splendor) no existen más. No es solo Veritatis Splendor y otros documentos recientes de la Congregación de la Fe en materia de moral sexual los que están cuestionados, sino el Concilio de Trento mismo, que dogmáticamente formuló la naturaleza de los siete sacramentos, comenzando por la Eucaristía y el Matrimonio.
Todo comenzó en octubre de 2013, cuando el Papa Francisco, después de haber anunciado la convocatoria de dos sínodos de la familia, uno extraordinario y uno ordinario, promovió un “cuestionario” dirigido a los obispos del mundo. El uso distorsionado de esta encuesta y cuestionarios es bien conocido. La opinión pública piensa que simplemente porque la mayoría de la gente elige algo, eso tiene que ser bueno. Y las encuestas atribuyen a la mayoría de la gente las opiniones ya predeterminadas por los manipuladores del consenso. El cuestionario que el Papa Francisco quería se refería a los temas candentes de la contracepción, la comunión a los divorciados, la cohabitación y el “matrimonio” entre homosexuales, más con un propósito indicativo que informativo. La primera respuesta publicada por la Conferencia Episcopal Alemana el 3 de febrero (Il Regno Documenti 5 (2014), pp 16-172) claramente se hacía pública para condicionar la preparación del Sínodo y por sobre todo para ofrecer al Card. Kasper las bases sociológicas que necesitaba para su informe al Consistorio que el Papa Francisco le confió.

Lo que emergió fue de hecho el rechazo explícito de los católicos alemanes de “las afirmaciones de la Iglesia sobre relaciones sexuales prematrimoniales, homosexualidad, sobre los divorciados recasados y el control de la natalidad (p. 163). “Las respuestas que vinieron de esas diócesis –se repitió- nos dan un vistazo de la gran distancia entre el bautizado y la doctrina oficial, especialmente en lo que concierne a la cohabitación prematrimonial, el control de la natalidad y la homosexualidad”. (p. 172). Esta distancia no fue presentada como un alejamiento de los católicos del Magisterio de la Iglesia, sino como la incapacidad de la Iglesia de entender e ir aparejada con los tiempos. El Card. Kasper en su relación al Consistorio del 20 de febrero definiría esa distancia como un “abismo” que la Iglesia debería llenar por medio de adaptaciones a esta praxis de la inmoralidad.

De acuerdo a uno de los seguidores de Kasper, un sacerdote de Génova, Giovanni Cereti, famoso por su tendencia a estudiar el divorcio en la Iglesia primitiva, el cuestionario fue promovido por el Papa Francisco para evitar que el debate tuviera lugar en “ámbitos secretos” (II Regno-Attualità, 6 (2014) p. 158). Aun si fuese verdadero que el Papa deseaba que la discusión tuviese lugar de un modo transparente, es difícil entender la decisión de realizar el Consistorio Extraordinario en febrero y luego el Sínodo en octubre a puertas cerradas. El único texto que conocimos sobre este Consistorio, gracias a “Il Foglio”, fue el informe del Card. Kasper. Luego, en lo que respecta al trabajo consistorial, completo silencio.

En el Diario del Concilio, del 10 de noviembre de 1962, el padre Chenu anota esta frase del padre Giuseppe Dossetti, uno de los principales estrategas del frente progresista. “La batalla de la victoria se da con respecto a los procedimientos. Yo siempre gano de esta manera”. En las asambleas, el proceso de  las decisiones no pertenece a la mayoría, sino a la minoría que controla ese proceso. La democracia no existe en la sociedad política e incluos menos aun en la religión. La democracia en la Iglesia, observó el filósofo Marcel De Corte, es el cesarismo eclesiástico, el peor de los regímenes. En los procedimientos del Sínodo la existencia del cesarismo eclesiástico queda demostrada por la atmósfera de censura que la ha acompañado hasta hoy. (*)
Los periodistas especializados más alertas, como Sandro Magister y Marco Tosatti han demostrado que en este Sínodo (a diferencia que los anteriores) se puso un veto sobre los padres sinodales y sus intervenciones. Magister, recordando la distinción que hizo Benedicto XVI entre el Concilio Vaticano II “real” y el “virtual” que se montó sobre él, habló de “una brecha entre el sínodo real y el sínodo virtual, el último montado por los medios a través de un marcado énfasis sistemático sobre las cosas que el “espíritu” de los tiempos propician”. Hoy, sin embargo, son realmente los textos del Sínodo los que permanecen, con su poder destructivo, sin posible distorsión de los medios masivos que realmente mostraron su perpejidad ante el efecto explosivo de la Relatio del Card. Erdö.

Naturalmente, este documento no tiene ningún valor magisterial en absoluto. Es inclusive legítimo dudar que refleje el pensamiento de los padres sinodales. La Relatio, sin embargo, prefigura la Relatio Synodi, el documento conclusivo de la asamblea de obispos. (**)

El problema real está planteado: es la resistencia, mencionada en el libro Permanecer en la Verdad de Cristo, de los Cardenales Brandmuller, Burke, Caffarra, De Paolis y Mueller (Cantagalli 2014). El Card. Burke en su entrevista a Alessandro Gnocchi en Il Foglio, el 14 de octubre, afirmó que eventuales cambios de doctrina o de praxis de la Iglesia propuestos por el Papa serían inaceptables, “porque el Pontífice es el Vicario de Cristo en la tierra y por lo tanto el primer servidor de la verdad de la fe. Conociendo las enseñanzas de Cristo, no puedo ver como sea posible desviarse de la enseñanza con una declaración doctrinal o una praxis pastoral que ignore esa verdad”.

Los obispos y cardenales, inclusive más que los fieles de a pie, se encuentran frente a un terrible drama de conciencia, mucho más grave que el de los mártires ingleses en el siglo XVI. Entonces, era cuestión de desobedecer a la más alta autoridad civil, al rey Enrique VIII, que, a causa de su divorcio, comenzó un cisma en la Iglesia Romana.  Hoy, en cambio, la resistencia va contra las más altas autoridades eclesiáticas si estas se desvían de las enseñanzas perennes de la Iglesia. Y los llamados a resistir no son católicos desobedientes o disidentes, sino aquellos que más profundamente veneran la institución papal.  En tiempos de Enrique VIII, los que resistieron fueron consignados al brazo secular, que los destinó a la decapitación o al desmembramiento. El brazo secular moderno aplica el linchamiento moral, por medio de la presión psicológica de los medios masivos sobre la opinión pública. El resultado es a menudo el colapso psicológico y moral de las víctimas, la crisis de identidad, la pérdida de la vocación y de la fe –a menos que uno sea capaz de ejercitar en grado heroico la virtud de la fortaleza con ayuda de la gracia.

Resistir significa, en último análisis, reafirmar la coherencia integral de la propia vida con la Verdad inmutable de Cristo, derribando las tesis de los que quisieran disolver la Verdad eterna en la precariedad de las experiencias de vida.

Fuente: Rorate Caeli tomado de Il Foglio, 15 de octubre de 2014

Mons. Aguer recuerda que es necesario el propósito de enmienda a la hora de la confesión

 

 

 

El arzobispo de La Plata (Argentina), Mons. Héctor Aguer, efectuó en su programa de televisión una reflexión sobre la gracia, que, dijo, «es un regalo que Dios nos hace» para «participar de la vida de Dios. ¡Casi nada! Es participar de la vida misma de Dios». El prelado argentino recordó que cada vez que pecamos, Dios nos ofrece el perdón mediante la confesión, pero es necesario que nos arrepintamos y hagamos propósito de no volver a pecar.

En el espacio televisivo del programa «Claves para un Mundo Mejor», emitido el sábado por la señal de noticias de América TV, el Prelado explicó que «Dios nos ha creado pero no solamente siendo criaturas humanas sino que también nos ha asociado íntimamente a su vida. Para decirlo con un término técnico: nos ha elevado al orden sobrenatural».

El Arzobispo señaló que «este participar de la vida de Dios nos hace hijos de Dios Padre a semejanza de Jesús», por eso «podemos llamar a Dios como Padre, podemos rezar el Padrenuestro como lo rezamos todos los días».

Quiere decir, señaló, que es algo que no venía de nuestra naturaleza por ser hombres o mujeres sino que es un añadido gratuito, un regalo que Dios nos hace. Esa es la gracia que recibimos en primer lugar en el Bautismo donde nos hacemos hijos de Dios».

«Por supuesto que en el camino de la vida este vestido limpio, blanco e inmaculado de la gracia se mancha de barro. Esa mancha es el pecado y Dios ha ofrece también el remedio. Así también cada vez que manchamos ese vestido bautismal con el barro de nuestros pecados el Señor nos ofrece el perdón mediante el sacramento de la Reconciliación. Por supuesto tenemos que arrepentirnos y proponernos evitar en el futuro esas faltas en las cuales hemos caído».

Mons. Aguer explicó que «el misterio de la gracia» se corona en la comunión eucarística con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es allí donde el movimiento que empezó en el Bautismo, que se confirmó en la Confirmación y que puede recuperarse cuando uno ha caído en el pecado alcanza su culminación. Podemos decir que el misterio de la Gracia se hace patente y vivible para nosotros en el misterio eucarístico, en la comunión eucarística con Jesús, en la comunión con su Cuerpo y su Sangre».

Por último indicó que «cuando rezamos el Padrenuestro, cuando invocamos a Jesús para pedir su auxilio y su compañía, cuando invocamos al Espíritu Santo pidiéndole que nos inspire, que nos ilumine. Lo que estamos pidiendo es esto: el favor de Dios, la gracia de Dios».

Fuente: http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=22277

Mons. Pozzo: “Roma no tiene la intención de imponer una capitulación”

 

 

 

 

Esta entrevista a Mons. Pozzo fue realizada por Famille Chrétienne y publicada en La Porte Latine, el sitio oficial de la Fraternidad en Francia con el título: “Roma no tiene la intención de imponer una capitulación”. Cabe mencionar que las condiciones que ahora Roma le pide a la FSSPX, fueron ya aceptadas en la Declaración Doctrinal de Mons. Fellay de abril de 2012.

¿Cuál es el estado de las relaciones entre Roma y la FSSPX?

Con el fin de favorecer  la superación de toda fractura y división en la Iglesia, y de curar una herida tan dolorosa en la vida eclesial, Benedicto XVI, en 2009, decidió levantar la excomunión de los obispos que habían sido ordenados de manera ilícita por Monseñor Lefebvre en 1988. Por esta decisión, el papa quiso retirar una sanción que hacía difícil la apertura a un diálogo constructivo.

El levantamiento de la excomunión ha sido una medida disciplinaria tomada para liberar a las personas de la censura eclesiástica más grave. Pero las cuestiones doctrinales siguen sin ser aclaradas. Mientras ellas no lo sean, la FSSPX no tiene estatuto canónico en la Iglesia y sus ministros no ejercen de manera legítima su ministerio, como lo indica la Carta de Benedicto XVI a los obispos de la Iglesia católica del 10 de marzo de 2009.[1]

Es precisamente para superar las dificultades de naturaleza doctrinal que todavía subsisten, que la Santa Sede mantiene relaciones y discusiones con la FSSPX, por medio de la comisión pontifical Ecclesia Dei. Ésta comisión está estrechamente ligada con la Congregación para la doctrina de la fe, pues su presidente es el prefecto de esta Congregación.

Estas relaciones y estas discusiones se llevan a cabo desde la elección del papa Francisco. Estas ayudan a aclarar las posiciones respectivas sobre los temas controvertidos, para evitar las incomprensiones y los malentendidos, manteniendo viva la esperanza de que las dificultades que impiden llegar a la plena reconciliación y a la plena comunión con la Sede apostólica  puedan ser superadas.

¿Cuáles son los desacuerdos que persisten?

Los aspectos controvertidos conciernen por una parte la estimación de la situación eclesial en el período posterior al concilio Vaticano II y las causas que produjeron ciertas agitaciones teológicas y pastorales en el periodo del pos-concilio y, más generalmente, en el contexto de la modernidad.

Por otra parte, algunos puntos específicos relativos al ecumenismo, al diálogo con las religiones del mundo y la cuestión de la libertad religiosa.

¿Cuáles son las soluciones jurídicas que podrían ser adoptadas por la FSSPX en caso de acuerdo?

En el caso de una reconciliación completa, el estatus canónico propuesto por la Santa Sede es el de una prelatura personal[2]. Sobre este punto, creo que no hay problema por parte de la FSSPX.

Las discusiones entre Roma y la Fraternidad, ¿han sido retomadas recientemente o nunca se suspendieron?

En realidad, jamás se suspendieron. La interrupción provisional de los encuentros se debió a la nominación de un nuevo prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y a la elección del nuevo soberano pontífice en abril de 2013. El camino del diálogo fue retomado en el otoño de 2013 con una serie de encuentros informales, hasta la entrevista del pasado 23 de septiembre entre el Cardenal Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, y el superior de la FSSPX, Monseñor Bernard Fellay, entrevista que informó el comunicado de prensa de la Santa Sede.

¿Se puede disociar acuerdo jurídico y discusión doctrinal? ¿Establecer una prelatura personal, pero continuado, a largo plazo, las discusiones sobre los puntos teológicos controvertidos?

En coherencia con el motu proprio Ecclesiae Unitatem de Benedicto XVI, la Congregación para la doctrina de la fe siempre ha considerado que la superación de los problemas de naturaleza doctrinal era la condición indispensable y necesaria para poder proceder al reconocimiento canónico de la Fraternidad.

Sin embargo, me permito precisar que la superación de las dificultades de orden doctrinal no significa que las reservas o las posiciones de la FSSPX sobre ciertos aspectos que están fuera del ámbito de la fe, sino que pertenezcan a los temas pastorales o de enseñanza prudencial del Magisterio, deban ser necesariamente retirados o anulados por la Fraternidad. El deseo de continuar la discusión y profundización de estas cuestiones que implican dificultad para la FSSPX, en vista de precisiones y de clarificaciones ulteriores, no solo es todavía posible sino que –por lo menos en mi opinión- deseable y debe alentarse. No se le pide por consecuencia, renunciar a esta exigencia que ella manifiesta respecto a un cierto número de temas.

¿Entonces, cuál es el punto «no negociable»?

Lo que es esencial, es a lo que no se puede renunciar, es la adhesión a la Professio fidei[3] y al principio según el cual solo al magisterio de la Iglesia se le ha confiado la facultad de interpretar auténticamente, es decir, con la autoridad de Cristo, la palabra de Dios escrita y transmitida. Es la doctrina católica, evocada por el concilio Vaticano II (Dei Verbum, 10), enseñada expresamente por Pio XII en la encíclicaHumani generis. Esto significa que el Magisterio, si ciertamente no está por encima de la Escritura y la Tradición, es sin embargo la instancia auténtica que juzga las interpretaciones sobre la Escritura y la Tradición, de cualquier parte que ellas emanen.

Por consecuencia, si existen diferentes grados de autoridad y de adhesión de los fieles a estas enseñanzas –como lo declara la constitución dogmática Lumen Gentium (25) del concilio Vaticano II- nada puede ponerse por encima del Magisterio. Yo pienso y espero vivamente que en este marco doctrinal que acabo de evocar, podamos encontrar el punto de convergencia y de entendimiento común, pues esta cuestión precisa es un punto de doctrina que pertenece a la fe católica y no a una legítima discusión teológica o de criterios pastorales.

Un punto capital, pero al mismo tiempo claramente delimitado…

No es verdad el decir que la Santa Sede quiere imponer una capitulación a la FSSPX. Muy al contrario, la invita a reunirse a su lado en un mismo marco de principios doctrinales necesarios para garantizar la misma adhesión a la fe y a la doctrina católica sobre el Magisterio y la Tradición, dejando al mismo tiempo al campo del estudio y de la profundización las reservas que ella ha expresado sobre ciertos aspectos y formulaciones de los documentos del concilio Vaticano II, y sobre ciertas reformas que le siguieron, pero que no conciernen a las materias dogmáticas o doctrinalmente indiscutibles.

No hay duda alguna que las enseñanzas del Vaticano II tienen un grado de autoridad y un carácter obligatorio extremadamente variable en función de los textos. Por ejemplo, las constituciones Lumen Gentium sobre la Iglesia y Dei Verbum sobre la Revelación divina tienen el carácter de una declaración doctrinal, incluso si no hubo definiciones dogmáticas. Mientras que, por su parte, las declaraciones sobre la libertad religiosa, sobre las religiones no cristianas y el decreto sobre el ecumenismo, tienen un grado de autoridad y un carácter obligatorio diferentes e inferiores.

¿Cree usted que las discusiones puedan llegar a buen término rápidamente?

No creo que podamos indicar ahora un plazo específico para la conclusión del camino emprendido. El compromiso de nuestra parte y, creo, de parte del superior de la FSSPX, consiste en proceder por etapas, sin atajos improvisados, pero también con el objetivo claramente fijado de promover la unidad en la caridad de la Iglesia universal, guiada por el sucesor de Pedro. « ¡Caritas urget nos! » (La caridad nos urge) como lo declara san Pablo.

Entrevista realizada por Jean-Marie Dumont


[1]  En esta carta, Benedicto XVI explicó el sentido de su gesto, asombrado por las protestas que se suscitaron: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas”.

[2]) ¿Qué estatus para la Fraternidad? En caso de acuerdo con Roma, la FSSPX podría obtener el estatus de prelatura personal. En el derecho de la Iglesia, se trata de una creación bastante reciente. La única que existe actualmente, muy conocida, es la del Opus Dei. Prevista por el Código de derecho canónico (§ 294 a 297), permite el agrupamiento de sacerdotes y diáconos bajo la dirección de un prelado. Su principal característica es la ausencia de lazo con un territorio, contrariamente a la mayoría de las diócesis. Los sacerdotes de la prelatura pueden ser repartidos en el mundo entero. Los objetivos fijados por el derecho canónico para la creación de estas estructuras son bastante vastos para poder ser aplicados a iniciativas de varias naturalezas: “promover una conveniente distribución de los sacerdotes”, “llevar a cabo peculiares obras pastorales o misionales en favor de varias regiones o diversos grupos sociales”… el prelado tiene el derecho de erigir un seminario, incardinar seminaristas y llamarlos a las órdenes. Las relaciones con los obispos (poner a disposición sacerdotes al servicio de las diócesis, encargarse de ciertas actividades en el seno de una diócesis) deben ser precisadas en los estatutos o en el marco de los acuerdos bilaterales. Es así que un sacerdote perteneciente a la prelatura, puede ejercer su ministerio en un lugar de culto asignado específicamente a la prelatura, o ser asignados, de acuerdo con las decisiones del prelado y los acuerdos con los obispos, a una iglesia parroquial.

[3] Se trata de un texto de unas treinta líneas que deben pronunciar, por ejemplo, los nuevos cardenales u obispos, los curas o los profesores de seminarios al entrar en funciones.

Fuente: La Porte Latine