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martes, 18 de noviembre de 2014

Mons. Guillermo Steckling: Por qué soy misionero y sacerdote

 

Mons. Guillermo Steckling, nuevo Obispo de Ciudad del Este (Paraguay)

 

Como joven misionero me enteré de la generosidad de cierto cura párroco. Había ayudado a un joven que le hacía pequeños servicios proporcionándole una buena formación profesional. El joven llegó a ser un buen mecánico - pero parece no tan buen cristiano. Me quedé con la cuestión: si se había puesto el mismo empeño en la buena formación cristiana de este joven que se había puesto en su formación profesional, ¿no habríamos tenido un buen cristiano más aunque tal vez un buen mecánico menos?
Reflexionando más me preguntaba entonces: y yo mismo, ¿estoy suficientemente convencido que es principalmente la fe en Jesús - el Salvador, el enviado por Dios - la que trae el bienestar en su sentido más completo? Todo progreso en una persona y en la sociedad depende de aquella vida plena que comienza con la sanación de nuestra relación con Dios, para luego dinamizar todos los aspectos de la vida humana.
En mis recientes vacaciones, el cura párroco de mi pueblo me regaló un libro del autor inglés Gilbert K. Chesterton, titulado "Ortodoxia". Chesterton lo escribió en 1907, un poco antes de su conversión a la iglesia católica. Han pasado más de 100 años y sin embargo, su pensamiento sorprende por su actualidad, especialmente en cuanto al diálogo con la mentalidad secular, y tiene el beneficio adicional de una pizca de humor. Cito aquí unos párrafos que me llamaron la atención:

 

"Escuché decir a científicos (aunque no eran enemigos de la democracia), que vicios y delincuencia desaparecerían si proporcionáramos a los pobres condiciones de vida más saludables. Los escuchaba con un encantamiento lleno de espanto, con una fascinación aterrorizada. Porque esta gente era como alguien que corta con todo su empeño la rama en la cual está sentado. Estos magníficos demócratas, al probar su tesis estarían dando la puñalada fatal a la democracia.
Sólo la iglesia cristiana ofrece una objeción racional a la confianza incondicional en los ricos. Porque desde el principio ha argumentado queel peligro no está en el ambiente en que vive el hombre sino que hay que mirar al ser humano mismo; y que, si se habla de ambiente peligroso, el más peligroso es el ambiente cómodo.
Ahí vimos que una doctrina que parece particularmente anticuada es el único garante de todas las nuevas democracias y que la misma, aunque parece menos cercana al pueblo, es la única lo alienta. Vimos entonces que la afirmación del pecado original es la única negación lógicamente coherente de la oligarquía.
"
Cierto, el lenguaje tal vez nos resulta estraño hoy en día. ¡Ojalá que nos haga al menos pensar un poco!
Para mí se expresa aquí la razón por la cual me hice misionero y sacerdote.

 

  • Quede claro que todos debemos ocuparnos de tanto sufrimiento que experimentan los que se han empobrecido, debemos apoyarlos en la búsqueda de salud, justicia, representación política, educación. No hacerlo sería traicionar la caridad cristiana. 
  • Pero al hacerlo no podemos olvidar lo que verdaderamente pone en peligro y empobrece a la persona; eso "no está en el ambiente en que vive el hombre sino que hay que mirar al ser humano mismo". Necesitamos sobre todo superar esta realidad que se llama pecado y "pecado original" y vivir en amistad con Dios. Es por esta convicción que me hice misionero y sacerdote.
  • Y cierta frase de Chesterton se aplica particularmente a nosotros mismos, los misioneros: "si se habla de ambiente peligroso, el más peligroso es el ambiente cómodo".

     

    Como parte de mis vacaciones acabo de pasar un mes en Aix en Provenza, Francia, en la misma casa que ha sido la cuna de nuestra congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Ayudé en una sesión de formación permanente. Uno de los animadores dijo en un cierto momento que nuestra tradición espiritual oblata tiene cualidades terapéuticas (1). A varios del grupo le gustaba este pensamiento.
    Sí, aquel don del Espíritu Santo que tenía San Eugenio de Mazenod, nuestro fundador, es terapéutico del ser humano mismo. Su carisma de combinar una total entrega a Cristo con el amor a los que se encuentran en situación de abandono y pobreza, y con una vida comunitaria de estilo familiar, llega a sanar lo más profundo de la condición humana. No se queda en una cura superficial.
    Aún buscando de vivir eficazmente la caridad cristiana mediante varias formas de asistencia, no nos olvidemos nunca que el cristiano es misionero. Urge compartir el tesoro más precioso del que somos herederos: la relación de fe y amistad con Jesús. Él, Hijo de Dios y hombre nuevo, es Salvador, Salud y Vida para todo el que cree. El resto seguirá, y no es al revés.

     

    (1) ver el librito de Tomás Keating, La condición humana.

    Publicado por Mons. Guillermo Steckling.